|
Cuatro capitales y un funeral Por José Piñera París, 5 de octubre, 1981. Llego a París --la ciudad donde nació y se educó mi padre-- para participar en la reunión anual de Ministros de Minería de los países del CIPEC, la organización de países exportadores de cobre. Una semana antes de salir de Santiago recibí una llamada telefónica del ministro de Minería de Perú, Pedro Pablo Kuczynski. Está interesado en que nos pongamos de acuerdo en algunos puntos de interés común, ya que ambos asistiremos, en representación de nuestros respectivos países, a esta reunión. Como las relaciones chileno-peruanas están lastimadas por un largo historial de desconfianza, en el pasado los dos países no han coordinado sus posiciones e incluso los desencuentros entre Chile y Perú son tomados como parte de una tradición en estas reuniones. Nos juntamos a desayunar en el Hotel Crillón donde Pedro Pablo está alojado y de inmediato establecimos una excelente relación personal e intelectual. Ambos compartimos reservas análogas frente a la proliferación de encuentros burocráticos internacionales y desconfiamos de la efectividad de ellas. París, 6 de octubre, 1981. Apenas terminada en la tarde la conferencia del CIPEC, el embajador Juan José Fernández me invita a comer a la Embajada de Chile en Francia. Por televisión nos enteramos del asesinato del Presidente de Egipto, Anwar Sadat, durante un desfile militar en El Cairo. Las imágenes son desoladoras e impresionantes. La desaparición del líder egipcio constituye una amenaza para los recientes acuerdos entre Egipto e Israel en la reunión de Camp Davis auspiciada por Estados Unidos. París y Roma, 7 de octubre, 1981. Temprano, me llama el embajador Fernández para comunicarme que he sido designado por el gobierno para encabezar la delegación chilena a los funerales del Presidente Sadat, de la cual él también será miembro. A las 5 pm vuelo a Roma, ciudad desde la cual tendré que partir a El Cairo mañana en la tarde. Roma y El Cairo, 8 de octubre, 1981. El embajador ante el Vaticano, Héctor Riesle me tiene preparado un intenso programa de contactos y visitas con prelados, diplomáticos y prominentes figuras del mundo eclesiástico-intelectual. Entre ellos, el arzobispo Eduardo Martínez Somaló, Sustituto de la Secretaría de Estado, el arzobispo Lucas Moreira Neves, Secretario de la Congregación para los Obispos, el jesuita Bartolomeo Sorge, director de la revista La Civilta Cattólica, el Arzobispo Achilles Silvestrini, secretario del Consejo para Asuntos Públicos de la Iglesia, y el cardenal Paolo Bertoli, Camarlengo de la Santa Iglesia Romana. Mi planteamiento con ellos es que en Chile se está llevando a cabo una revolución importante para el Tercer Mundo, en nombre de la libertad y la igualdad de oportunidades. Aprovecho una hora libre para visitar a mi prima Teresa Chadwick, casada con José Antonio Viera-Gallo, ex Subsecretario de Justicia del Presidente Allende y exiliado en Roma. Viajo a El Cairo en un avión lleno de dignatarios y personalidades de la política y la diplomacia. A mi lado tengo al Primer Ministro de Tailandia. La llegada a la capital egipcia será en la noche. La imagen que proyecta El Cairo es la de una ciudad fantasma. El toque de queda impuesto por el gobierno es estricto y la recepción del avión en que viajo es lenta y demorosa. Prácticamente la totalidad de los pasajeros son miembros de delegaciones diplomáticas que vienen al funeral de Sadat y el canciller egipcio va saludando a todos, uno por uno. La atmósfera que se respira en la ciudad es tensa. Ya en el aeropuerto nos ha impresionado bastante ver a varios aviones estacionados en pistas aledañas, iluminados por potentes reflectores y rodeados de militares que, hombro con hombro, montan guardia en círculo alrededor de los aparatos. Son los aviones oficiales de distintas potencias, que se harán representar en las honras fúnebres por delegaciones numerosas. Una vez fuera del aeropuerto todo se precipita con rapidez: viajo al centro de la ciudad, a un hotel reservado para las delegaciones extranjeras. El Cairo, 9 de octubre, 1981. Partimos temprano, con el embajador Fernández y el embajador en Egipto, Rolando Garay, a la misma explanada de tierra bruta y asoleada donde el mandatario había caído fulminado. Allí se realizará la ceremonia fúnebre. Mientras esperamos la llegada de la cureña con los restos del Presidente Sadat, las delegaciones quedan protegidas del sol por los gigantescos toldos de una carpa. La espera es singular. La aglomeración de personalidades es impresionante. A un lado el Presidente de Francia, Valery Giscard d’Estaing. Poco más allá el príncipe Carlos acompañado de Lord Carrington, el ministro británico de Relaciones Exteriores. Entre ellos, el rey Balduino. Detrás suyo, el primer ministro israelí, Menahem Begin, rodeado de casi todos los miembros de su gabinete. No mucho más lejos, la imponente delegación norteamericana, encabezada por el secretario de Estado Alexander Haig e integrada por tres ex mandatarios -–los presidentes Nixon, Ford y Carter— y por Henry Kissinger. El espectáculo que ofrecen las representaciones de las monarquías del mundo árabe –-con reyes, príncipes y sultanes—es todavía más colorido. Todo el mundo habla en voz baja, pero habla. Nadie está en silencio. Flota en el ambiente una suerte de desconfianza y tras cada minuto que pasa la concurrencia se vuelve más impaciente. Después de media hora, el redoble fúnebre de los tambores señala que la cureña mortuoria con los restos del Presidente caído en la batalla por la paz está cerca. Detrás viene el cortejo de la familia y, un poco más atrás, el gobierno egipcio. Una vez que los restos llegan hasta la carpa donde nosotros estamos, iniciamos una procesión por el medio de esa enorme explanada. El cortejo es imponente y cada dignatario avanza rodeado por verdaderos muros de agentes de seguridad. A ambos lados de la procesión, además, soldados egipcios vigilan con rostro sombrío y, encima nuestro, revolotean helicópteros militares haciendo un ruido infernal. El trayecto es de algo así como de un kilómetro y, tras un breve rito religioso, los restos son inhumados en lo que parece ser un campo militar. Todo se desencadena enseguida con rapidez. Por parlantes avisan que los jefes de las delegaciones concurrentes deben dirigirse a un inmenso edificio lateral para presentar sus condolencias a la viuda y al Presidente Moubarak. Se produce en ese instante un enorme desorden. Las delegaciones tienen que deshacerse mientras los agentes de seguridad se reparten y chocan entre sí. Delante de mí va la delegación americana y me toca presenciar un curioso incidente. El general egipcio que guarda la puerta se niega a permitir el paso al salón de condolencias a los ex presidentes Nixon, Ford y Carter. Claro, no son jefes de delegación ni llevan en la solapa el distintivo de tales. Haig explica con los mejores términos que los ex Presidentes no pueden quedar fuera y que, siendo así, él tampoco va a poder entrar. Aunque podría ingresar al salón por delante de todos ellos dado mi distintivo de jefe de delegación, prefiero solidarizar y entablar conversación con los ex presidentes. A Haig le es imposible convencer al general, el cual sigue sus estrictas órdenes y no está dispuesto a hacer excepciones en medio de ese tenso ambiente. Transcurren cinco largos minutos hasta que llega el vicecanciller egipcio en persona a autorizar la excepción. Es Boutros Ghali, futuro Secretario General de la ONU. Pienso que pese a que en la Casa Blanca esos hombres han tenido más poder que cualquier otro ser humano sobre la tierra, ahora un general de un ejército que ellos mismos han armado insiste en empujarlos al estado llano, como cualquier hijo de vecino. Ningún escenario más apropiado que Egipto para una reflexión sobre la fugacidad del poder. En sí mismo el país es el sepulcro de un gran imperio de la antigüedad y una tumba impresionante de innumerables dinastías que desafiaron a la eternidad. También las condolencias son un asunto apresurado. En el fondo todo el mundo quiere salir pronto de El Cairo. Permanecer allí es jugar con dinamita. Se teme que cualquier cosa puede pasar. Cualquier error o cualquier traspié puede desencadenar una verdadera guerra santa. Es demasiado alta la concentración de líderes mundiales. Se ignora además hasta ese momento qué tan comprometido con el atentado está el ejército egipcio. Después de las condolencias a Jihan Sadat, la viuda, y al Presidente Moubarak, las delegaciones se reagrupan, corren a los automóviles, los cuales a su vez salen disparados hacia el aeropuerto para dejar a sus pasajeros al pie de las escalerillas de sus aviones oficiales. No es desde luego mi caso. Mi vuelo comercial sale varias horas más tarde, de suerte que tengo tiempo de sobra para un almuerzo a los pies de las pirámides. Londres, 11-15 de octubre, 1981. Llego en visita oficial a la Inglaterra de Margaret Thatcher. El gobierno británico me acoge con gran hospitalidad y, durante la visita, varias veces me recuerdan que soy el primer ministro del gobierno del Presidente Pinochet que ha recibido una invitación del gobierno de Londres. Existe un enorme interés en las reformas que Chile está llevando a cabo. La visita a Inglaterra me permite conversar no sólo con muchas autoridades de primera jerarquía, sino también con importantes figuras del mundo empresarial. En un almuerzo que me ofrece Evelyn de Rothschild junto a los presidentes de las mayores empresas mineras de Gran Bretaña, les explico la ley constitucional minera en trámite legislativo. Sabiendo que Rothschild preside el directorio de la revista The Economist, le hago saber mi interés en tomar contacto con el staff de esta revista. El no tiene ningún inconveniente en acompañarme a las oficinas de la redacción, donde me recibe el editor Andrew Knight. Tenemos una conversación apasionante. Quiere saber todo sobre la revolución de libre mercado que está teniendo lugar en Chile, en una experiencia que es pionera en relación al programa liberalizador del gobierno de la señora Thatcher. Le pido al Embajador Miguel Alex Schweitzer que me lleve al palacio de Blenheim a rendirle homenaje a Winston Churchill, que nació en el castillo de los duques de Marlborough, a cuya familia pertenecía este gigante de la Inglaterra de este siglo, maestro en liderazgo, en oratoria cívica y en realismo político. El prestigioso historiador Hugh Thomas, autor del mejor libro sobre la guerra civil española, me invita a tomar té a la Casa de los Lores. Antes de regresar a Chile me queda un compromiso. Pronunciar el discurso de fondo en la reunión del London Metal Exchange que todos los años reúne, en uno de los hoteles más tradicionales de la ciudad, el Dorchester, a unos dos mil agentes, corredores, empresarios e inversionistas vinculados al mercado minero. El encuentro combina una dimensión reflexiva con un gran evento social. Es la primera vez en la gira -–y también desde luego la primera vez en mi vida— que me encuentro frente a un piquete de agitadores. Están ubicados a la entrada del hotel y uno de los contestatarios agita un cartel que dice “Piñera Go Home!” Ante el estupor del embajador británico que me acompaña, me acerco amistosamente a ellos y por encima de una barrera policial les digo que lo único que deseo a estas alturas del viaje es volver a casa, que en cuanto pronuncie el discurso haré mis maletas de regreso, y que pueden quedarse tranquilos porque no está entre mis planes radicarme en el siempre nublado Londres. A los pocos días vuelvo a Santiago a dar la batalla final por la aprobación de la Ley Constitucional Minera. |