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La
partida de nacimiento
de la epopeya americana |
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El documento fundacional de EE.UU.es "La Declaración de Independencia".
Aprobada el 4 de Julio de 1776 (el mismo año en que se publica el libro clave de la
economia libre, "La Riqueza de las Naciones" de Adam Smith), su texto original
fue redactado por el entonces joven delegado de Virginia, Thomas Jefferson, revisado por
una comisión compuesta, entre otros, por Benjamin Franklin y John Adams, y finalmente
aprobado por la unanimidad de los 56 representantes de las trece colonias.
Es interesante conocer lo que le sucedió a esos 56 hombres que firmaron la Declaración.
Cinco fueron capturados por los ingleses, acusados de traición y fusilados. A doce les
saquearon sus casas antes de quemarlas. Dos perdieron a sus hijos luchando en el Ejército
Revolucionario y a otro le capturaron dos hijos. Nueve de los 56 lucharon y murieron en la
Guerra de Independencia. Los firmantes no eran agitadores profesionales ni demagogos que
no tenían nada que perder. Por el contrario, 24 eran abogados, 11 eran comerciantes y 9
eran propietarios de tierras agrícolas. Eran hombres educados y de buena situación
económica. Pero firmaron la Declaración sabiendo muy bien que, si eran capturados, la
pena era la muerte. Esos hombres tenían bienestar, pero valoraban aún más la libertad.
Lo mejor de la Declaración es su breve preámbulo, que enuncia de manera extraordinaria
la base filosófica y moral del nuevo país. Pero gran parte del texto es una enumeración
detallada de los atropellos y violaciones legales en que habría incurrido el rey Jorge
III, pues se trata de informar al mundo ("let the facts be submitted to a candid
world") las razones que impulsaban a las colonias a independizarse del control
político británico. Por cierto, no deja de ser una ironía histórica que ese 4 de Julio
el monarca inglés anotara en su diario de vida: "Nada de importancia hoy día".
Fue una tragedia que los delegados de las colonias de Georgia y Carolina del Sur
condicionaran su firma y, por lo tanto, la viabilidad de todo el proyecto independentista,
a la remoción de la acusación, que Jefferson había incluido en su borrador, de que
Jorge III había "emprendido una guerra cruel contra la naturaleza humana" al
introducir la esclavitud en las colonias y permitir el tráfico de esclavos. Al excluir
este tema, los delegados del Sur no evitaron que la fuerza del maravilloso, y entonces
sorprendente, enunciado de la Declaración, "todos los hombres nacen iguales",
llevara a su conclusión lógica e inevitable, pero si prolongaron el horror de la
esclavitud por casi un siglo, y sembraron la semilla de la sangrienta guerra civil que fue
necesaria para cerrar esa herida.
Siempre me ha impactado lo inmensamente doloroso que debe haber sido este compromiso para
hombres tan íntegros como Jefferson, Franklin y Adams. Pero ellos tenían la madurez
política y el coraje moral como para comprender que en la vida no siempre se pueden
obtener todos los objetivos simultaneamente. Muchas veces los hombres públicos tienen que
actuar en contextos imperfectos, y el test relevante es si son capaces de crear dinámicas
que conducen, al final del día, a mundos mejores para todos.
La Declaración de Independencia es la "partida de nacimiento" de la epopeya de
los EE.UU. Una década más tarde, James Madison, el mejor discípulo de Jefferson,
tradujo estos principios en una Constitución que ha sido el otro pilar estable y
fundamental de la exitosa experiencia de ese país.
El concepto clave que afirma la Declaración es que los hombres son libres, y que
constituyen Gobiernos entre ellos sólo para proteger mejor sus derechos a
"la vida,
la libertad y la búsqueda de la felicidad".
Cuánto mejoraría el mundo si cada vez que una autoridad política pretendiera emitir un
decreto o aprobar una ley se preguntara: "¿es ésta acción realmente necesaria para
proteger alguno de esos derechos?". Si cada ciudadano leyera diariamente la prensa
con esta perspectiva, se daría cuenta de que la mayoría de las propuestas que se hacen
sobre políticas públicas no pasan este "filtro de la libertad".
Creo que en la confusión sobre esta materia estriba la causa principal de la pobreza en
el mundo, y especialmente en nuestra querida y dolida América Latina, pues en su afan por
hacer de todo, los Gobiernos no solo coartan la libertad y la iniciativa de los
ciudadanos, sino que ni siquiera cumplen bien sus roles legítimos y esenciales.
Considero a la Declaración de Independencia de los EE.UU. como el documento político
más importante en la historia de la humanidad por cuanto ella proclama, de manera
extraordinariamente lúcida, principios universales.
No sólo justifica con rigor la independencia de una nación respecto de otra, sino que
defiende aquella independencia que subyace todas las demás y sin la cual las rupturas
políticas sólo sustituyen un control por otro, esa independencia mental y del alma que
trae la verdadera libertad, aquella a la que se refería Cervantes cuando su Don Quijote
afirmaba: "La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres
dieron los cielos. Con ella no pueden igualarse los tesoros que la tierra encierra ni el
mar encubre. Por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la
vida".
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