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FREI,
LA HORA DE LA VERDAD por
José Piñera Fue
un mal Presidente de la República. Fue un gran Presidente del Senado.
Entregó el gobierno al marxismo. Contribuyó a salvar a Chile del
comunismo. Eran los tiempos de la Guerra Fría y de la Revolución Cubana,
de la violencia política y de la extrema confusión económica.
Dubitativo cual un Hamlet ante las complejidades de su época y de
apariencia triste como una figura de El Greco, Eduardo Frei Montalva fue
el autor intelectual de la remoción del Presidente Allende el 11 de
septiembre de 1973. Esta
es la conclusión fundamental que obtengo al analizar el "Acta
Rivera", y relacionarlo con varios otros hechos y documentos históricos
de la época. En ese escrito se describe, con el detalle de una novela de
Proust, la reunión que tuvo lugar el 6 de julio de 1973 entre la
directiva de la Sofofa y el Presidente del Senado, Eduardo Frei. En ella,
la directiva de la más prestigiosa organización empresarial chilena le
plantea al líder de la oposición al gobierno marxista que "el país
estaba desintegrándose y que si no se adoptaban urgentes medidas
rectificatorias fatalmente se caería en una cruenta dictadura marxista, a
la cubana". La
respuesta de Eduardo Frei es reveladora: "Nada puedo hacer yo, ni
el Congreso ni ningún civil. Desgraciadamente, este problema sólo se
arregla con fusiles... les aconsejo plantear crudamente sus aprensiones,
las que comparto plenamente, a los comandantes en Jefe de las Fuerzas
Armadas, ojala hoy mismo". Con este testimonio, queda claro el
rol de actor principal que jugó Frei en la remoción, sólo dos meses
después, de Allende del poder por los comandantes en Jefe actuando unidos
e institucionalmente. La
campaña mundial de demonización de la ruptura del 11 de septiembre de
1973 ha sido de dimensión orwelliana. A la luz de ella, lo que sucedió
en Chile habría sido un típico golpe militar latinoamericano, impulsado
por EE.UU., para derrocar a un presidente democrático. Si así hubiera
sido, este comportamiento de Frei parecería absolutamente inexplicable.
¿Como podría haber impulsado una “dictadura" el mismo líder
que el prestigioso Times de Londres calificó entonces como "la
personalidad política más importante de América Latina hoy", y
que fue considerado por otros como "la última, mejor esperanza"
(usando la frase con que Lincoln calificó a la Unión) de Chile y del
continente? Algo no cuadra aquí. O, como lo sostuvo Pablo Neruda, Frei "tendrá que encarar algún día la responsabilidad del crimen" (Confieso que he vivido, 1974), o (casi) todo lo que se ha escrito sobre el 11 de septiembre de 1973 y la remoción cívico-militar del Presidente Allende ha sido una gran mentira. h Aunque
parezca paradojal, la peor hora de Frei fue aquella de su gobierno. Sobre
su gestión presidencial el mismo Frei puso claramente la valla cuando en
agosto de 1965 le dijo a Leonard Gross ("The Last, Best Hope",
Random House,
1967): "Si mi gobierno falla, tendremos un gobierno de la extrema
izquierda". Como en noviembre de 1970 Frei le entregó el
gobierno a Salvador Allende, un marxista-leninista aliado al Partido
Comunista chileno (el más stalinista de todo Occidente), es un hecho que
fracasó como Presidente de la República. A mi juicio, hubo dos
"pecados mortales" durante el gobierno Frei Montalva. Primero,
haber consentido la violencia política, y especialmente no haber
reaccionado con vigor cuando el Partido Socialista de Allende se declaró
partidario de la vía armada en su Congreso de Chillán en 1967. Segundo,
haber violado el derecho de propiedad, fundamento de la libertad. Hay que
reconocer, empero, que dicho debilitamiento comenzó con la reforma
constitucional propiciada por el gobierno de su antecesor, el Presidente
Jorge Alessandri, con el fin de iniciar la Reforma Agraria. Sin
embargo, ya alejado del gobierno y bajo el peso de la durísima acusación
de pasar a la Historia como el "Kerensky chileno", Frei
crece en la desventura y el dolor, y decide jugarse para salvar a Chile de
transformarse en una segunda Cuba. Un Chile comunista no sólo habría
significado decenas o centenares de miles de muertos y el fin de todas las
libertades quizás por varias décadas, sino que también habría
apuntado, como una larga espada, al corazón de una vulnerable América
Latina (la isla castrista, separada por el mar caribe de la masa
continental, ha sido siempre una amenaza menor). Para mí ese dramático 1973
fue la mejor hora de Frei. Y no deja de ser asombroso que en ese mismo
1973 muriera Jacques Maritain, el filósofo-político francés que tanto
admiraba el fundador de la Democracia Cristiana. Cinco
son, a mi juicio, los hitos fundamentales de este "momento estelar"
de Eduardo Frei: 1.
Permanece en Chile, en circunstancias de que su ex ministro del Interior y
heredero político Edmundo Pérez 2.
Retorna a la arena política contingente, y se presenta en las elecciones
parlamentarias de marzo de 1973 como candidato a senador por Santiago,
acepta la presidencia del Senado, transformándose en el líder de mayor
gravitación de la oposición al gobierno de la Unidad Popular. 3.
Promueve la intervención militar como legítimo recurso de rebelión de
una sociedad, derecho reconocido por Santo Tomás de Aquino, ante la
inminencia de una tiranía comunista, como lo comprueba la reunión
descrita con la directiva de la Sofofa en el “Acta Rivera” (y
es altamente posible de que deben haber habido muchas otras reuniones
similares, cuyos protagonistas han mantenido silencio). 4.
Contribuye de manera decisiva a otorgar la "partida de defunción"
al gobierno devenido ilegítimo del Presidente Allende y la "partida
de bautismo" al gobierno revolucionario del Presidente Pinochet,
al impulsar el Acuerdo de la Cámara de Diputados del 22 de agosto de 1973
y lograr que fuera votado favorablemente por todos los diputados de su
partido. 5.
Explica las causas y apoya como inevitable la rebelión cívico-militar
que remueve a Allende, escribiendo dos documentos claves como lo fueron la
carta abierta al presidente de la DC Internacional, Mariano Rumor (1973),
y el prólogo al libro "De la vía chilena a la vía
insurreccional" (1974). Lamento
profundamente que, más tarde, don Eduardo Frei Montalva no haya sido
totalmente transparente --incluso haya sido contradictorio en ese singular
intercambio epistolar con Bernardo Leighton (1975)-- acerca del rol
fundamental que jugó en impulsar la remoción de Allende y así salvar
Chile del comunismo. Quizás lo alienó la inexplicable y temprana
hostilidad que le demostró la Junta militar, quizás lo maniataron las
conveniencias de la lucha política contingente, o quizás pensaba hacerlo
en las memorias que no alcanzó a escribir. En
todo caso, por todo lo que hizo en 1973, por haber sido amigo de mi padre,
por un inolvidable encuentro cuando yo era
profesor universitario en Boston en 1974 en que fui su chofer,
anfitrión y confidente, y pese a que fracasé en mis múltiples intentos
en 1975 y 1976 por acercarlo al modelo de economía social de mercado que
encabezaba entonces su ex colaborador Jorge Cauas, decidí ir a despedirlo
en enero de 1982 y, como simple ciudadano, me senté solo a rezar por su
alma inmortal en la última fila de la Catedral de Santiago.
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