| CUATRO
CAPITALES Y UN FUNERAL
6 de Octubre, 2009
Por José Piñera,
Presidente del Proyecto Chile 2010 y del International Center
for Pension Reform (www.pensionreform.org).
(Nota:
este es un brevísimo extracto de mi “Diario de Ministro de
Chile”; se trata de un texto preliminar pues es un proyecto
en marcha....literalmente pues se escribe en aeropuertos y
hoteles mientras viajo por el mundo; toda esta semana participaré
en una gran conferencia internacional con, entre otros, Nigel
Lawson, Ministro de Hacienda de Thatcher, autor de "Memoirs
of a Tory Radical", y ahora el anti-Gore del cambio climático,
y Vladimir Bukovski, famoso disidente soviético liberado
del Gulag siberiano gracias al extraordinario canje Chile-URSS
de Diciembre de 1976, y candidato presidencial testimonial en la
última elección rusa).
París, 5 de octubre, 1981.
Llego de madrugada a la capital más hermosa del mundo para
participar en la reunión anual de Ministros de Minería de los
países del CIPEC, la organización de países exportadores de
cobre. Hace una semana recibí una llamada telefónica del
Ministro de Minería de Perú, Pedro Pablo Kuczynski,
proponiendo que nos pusiéramos de acuerdo en algunos puntos de
interés común en la agenda de la reunión. Como las relaciones
chileno-peruanas están lastimadas por un largo historial de
desconfianza, los dos países no coordinan posiciones en estas
reuniones e incluso los desencuentros entre Chile y Perú son
tomados como parte de una tradición por los demás países. Nos
juntamos a desayunar con Pedro Pablo en el Hotel Crillón de París
donde está alojado, de inmediato establecimos una excelente
relación personal e intelectual, y concordamos en presentar
esta vez propuestas coordinadas entre ambos países. Con este
logro, ya se justifica el viaje. La reunión trata temas de
rutina y es más un ejercicio diplomático que una conferencia
para discutir temas sustantivos.
París, 6 de octubre, 1981.
Apenas terminada la conferencia del CIPEC, el Embajador de Chile
en Francia, Juan José Fernández, me invita a comer a la
residencia de la Rue de la Motte Picquet, cerca de la
grandiosa tumba de Napoleón en Los Inválidos que visité
por primera vez con mi padre que nació y se educó en París.
La idea era celebrar informalmente mi cumpleaños con
una buena conversación y un buen champagne francés.
Pero al llegar a la Embajada la televisión está
transmitiendo imágenes desoladoras e impresionantes del
asesinato hace pocas horas del Presidente de Egipto, Anwar
Sadat, durante un desfile militar en El Cairo. La desaparición
del líder egipcio constituye una amenaza gigantesca para los
esfuerzos estabilizadores del Medio Oriente que ha estado
realizando con éxito Estados Unidos después de auspiciar los
históricos acuerdos entre Egipto e Israel en la reunión de
Camp David. Siempre me ha dolido mucho el drama del Medio
Oriente y es posible que vuelva la guerra y se incremente la
violencia. Duermo con mucha tristeza. Quizá hasta
"lloré en mis sueños" (Heine).
París y Roma, 7 de
octubre, 1981.
Temprano, me llama el Embajador Fernández para comunicarme que
ha llegado un telex urgente desde el Ministerio de Relaciones
Exteriores en el cual se nos informa que el Presidente de
la República me designa para encabezar la delegación
chilena a los funerales de Anwar Sadat. A las 5 pm vuelo a
Roma, como lo tenía programado, pero tendré que partir a El
Cairo mañana en la tarde con el Embajador Fernández.
Roma y El Cairo, 8 de
octubre, 1981. El
embajador ante el Vaticano, Héctor Riesle me preparó un
intensivo programa de contactos y visitas con prelados, diplomáticos
y prominentes figuras del mundo eclesiástico-intelectual. Entre
ellos, el arzobispo Eduardo Martínez Somaló, Sustituto de la
Secretaría de Estado, el arzobispo Lucas Moreira Neves,
Secretario de la Congregación para los Obispos, el jesuita
Bartolomeo Sorge, director de la revista La Civilta Cattólica,
el Arzobispo Achilles Silvestrini, secretario del Consejo para
Asuntos Públicos de la Iglesia, y el cardenal Paolo Bertoli,
Camarlengo de la Santa Iglesia Romana. A todos ellos les planteé
que Chile está llevando a cabo una revolución importante para
el Tercer Mundo, basada en la libertad y la igualdad de
oportunidades. Aprovecho una hora libre para realizar un acto de
fraternidad y amistad cívica y visitar en su departamento en
los suburbios a mi prima María Teresa Chadwick Piñera, quien
sufre el exilio junto a su marido José Antonio Viera-Gallo,
quien fuera un extremista Subsecretario de Justicia del
Presidente Allende. Un funcionario de la Embajada intenta
disuadirme argumentado que esta visita no será bien vista por
las autoridades militares en Santiago, pero no lo logra. Esa
tarde viajo a El Cairo en un avión lleno de dignatarios y
personalidades de la política y la diplomacia. A mi lado tengo
al Primer Ministro de Tailandia. Avanzada la noche, finalmente
aterrizamos en la capital egipcia. La imagen que proyecta El
Cairo es de una ciudad fantasma. El toque de queda impuesto por
el gobierno es estricto y la recepción del avión en que viajo
es lenta y tediosa. Prácticamente la totalidad de los pasajeros
son miembros de delegaciones diplomáticas que vienen al funeral
de Sadat y el canciller egipcio va saludando a todos, uno por
uno. Se respira una atmósfera tensa. Ya en el aeropuerto me ha
impresionado ver a varios aviones estacionados en pistas aledañas,
iluminados por potentes reflectores y rodeados de militares que,
hombro con hombro, montan guardia en círculo alrededor de los
aparatos. Son los aviones oficiales de distintas potencias que
se harán representar en las honras fúnebres por delegaciones
numerosas. Una vez fuera del aeropuerto todo se precipita con
rapidez: viajo al centro de la ciudad a un hotel reservado para
las delegaciones extranjeras.
El Cairo, 9 de octubre,
1981. Partimos
temprano, con el Embajador Fernández y el Embajador en Egipto,
Rolando Garay, a la misma explanada de tierra bruta y asoleada
donde el mandatario había caído fulminado. Allí se realizará
la ceremonia fúnebre. Mientras esperamos la llegada de la cureña
con los restos del Presidente Sadat, las delegaciones quedan
protegidas del sol por los gigantescos toldos de una carpa. La
espera es singular. La aglomeración de personalidades es
impresionante. A mi lado el Presidente de Francia, Valery
Giscard d’Estaing. Poco más allá el príncipe Carlos acompañado
de Lord Carrington, el ministro británico de Relaciones
Exteriores. Entre ellos, el rey Balduino. Detrás suyo, el
primer ministro israelí, Menahem Begin, rodeado de casi todos
los miembros de su gabinete. No mucho más lejos, la imponente
delegación norteamericana, encabezada por el secretario de
Estado Alexander Haig e integrada por tres ex mandatarios
-–los presidentes Nixon, Ford y Carter— y por Henry
Kissinger. El espectáculo que ofrecen las representaciones de
las monarquías del mundo árabe –con reyes, príncipes y
sultanes—es todavía más colorido. Todo el mundo habla en voz
baja, pero habla. Nadie está en silencio. Flota en el ambiente
una suerte de desconfianza y tras cada minuto que pasa la
concurrencia se vuelve más impaciente. Después de media hora,
el redoble fúnebre de los tambores señala que la cureña
mortuoria con los restos del Presidente está cerca. Detrás
viene el cortejo de la familia y, un poco más atrás, el
gobierno egipcio. Una vez que los restos llegan hasta la carpa
donde nosotros estamos, iniciamos una procesión por el medio de
esa enorme explanada. El cortejo es imponente y cada dignatario
avanza rodeado por verdaderos muros de agentes de seguridad. A
ambos lados de la procesión, además, soldados egipcios vigilan
con rostro sombrío y, encima nuestro, revolotean helicópteros
militares haciendo un ruido infernal. El trayecto es de algo así
como de un kilómetro y, tras un breve rito religioso, los
restos son inhumados en lo que parece ser un campo militar. Todo
se desencadena enseguida con rapidez. Por parlantes avisan que
los jefes de las delegaciones concurrentes deben dirigirse a un
inmenso edificio lateral para presentar sus condolencias a la
viuda y al Presidente Moubarak. Se produce en ese instante un
enorme desorden. Las delegaciones tienen que deshacerse mientras
los agentes de seguridad se reparten y chocan entre sí. Delante
de mí va la delegación norteamericana y me toca presenciar un
curioso incidente. El general egipcio que guarda la puerta se
niega a permitir el paso al salón de condolencias a los ex
presidentes Nixon, Ford y Carter. Claro, no son jefes de
delegación ni llevan en la solapa el distintivo de tales. Haig
explica con los mejores términos que los ex Presidentes no
pueden quedar fuera y que, siendo así, él tampoco va a poder
entrar. Aunque yo podría ingresar al salón por delante de
todos ellos dado mi distintivo de jefe de delegación, prefiero
solidarizar y entablar conversación con los ex presidentes. A
Haig le es imposible convencer al general, el cual sigue sus
estrictas órdenes y no está dispuesto a hacer excepciones en
medio de ese tenso ambiente. Transcurren cinco largos minutos
hasta que llega el vicecanciller egipcio en persona a autorizar
la excepción. Es Boutros Ghali, futuro Secretario General de la
ONU. Pienso que pese a que en la Casa Blanca esos hombres
tuvieron más poder que cualquier otro ser humano sobre la
tierra, ahora un general de un ejército que ellos mismos han
armado insiste en empujarlos al estado llano, como cualquier
hijo de vecino. Ningún escenario más apropiado que Egipto para
una reflexión sobre la fugacidad del poder. En sí mismo el país
es el sepulcro de un gran imperio de la antigüedad y una tumba
impresionante de innumerables dinastías que desafiaron a la
eternidad. También las condolencias son un asunto apresurado.
En el fondo todo el mundo quiere salir pronto de El Cairo.
Permanecer allí es jugar con dinamita. Se teme que cualquier
cosa puede pasar. Cualquier error o cualquier traspié pueden
desencadenar una verdadera guerra santa. Es demasiado alta la
concentración de líderes mundiales. Se ignora además hasta
ese momento qué tan comprometido con el atentado está el ejército
egipcio. Después de darle las condolencias de Chile a Jihan
Sadat, la viuda, y al Presidente Moubarak, las delegaciones se
reagrupan, corren a los automóviles, los cuales salen
disparados hacia el aeropuerto para dejar a sus pasajeros al pie
de las escalerillas de sus aviones oficiales. No es desde luego
mi caso. Mi vuelo British Airways a Londres sale varias horas más
tarde, de suerte que tengo tiempo para almorzar tranquilamente a
los pies de las pirámides que contemplaron al Ejército
victorioso de Napoleón.
Londres, 11-15 de octubre,
1981. (Completar esta
parte con recuento día a día). Llego en visita oficial a
la Inglaterra gobernada por la Primera Ministra Margaret
Thatcher. El gobierno británico me acoge con gran hospitalidad
y, durante la visita, varias veces me recuerdan que soy el
primer ministro del gobierno militar que ha recibido una
invitación del gobierno de Londres y que se debe a que existe
un enorme interés en las reformas que Chile está llevando a
cabo, y especialmente en las reformas sindicales y
previsionales. El asesor económico clave de Thatcher, Alan
Walters, ya ha estado varias veces en Santiago, donde lo conocí,
así como a Cecil Parkinson, Ministro de Comercio y favorito de
la Dama de Hierro. En un almuerzo que me ofrece Evelyn de
Rothschild junto a los presidentes de las mayores empresas
mineras de Gran Bretaña, les explico la Ley Constitucional
Minera en trámite legislativo. Sabiendo que Rothschild preside
el directorio de la revista The Economist, le hago saber mi
interés en visitar esa legendaria revista que leo desde mi
primer año en la Universidad. En dos minutos arregla una reunión
con su director, Andrew Knight, y me acompaña a ella. Tenemos
una conversación apasionante de varias horas. Quiere saber todo
sobre la revolución de libre mercado que está teniendo lugar
en Chile, en una experiencia que es pionera en relación al
programa liberalizador del gobierno de la señora Thatcher. Al día
siguiente, le pido al Embajador Miguel Alex Schweitzer, quién ha
hecho una excelente labor, que me lleve al palacio de
Blenheim a rendirle homenaje a Winston Churchill, que nació en
el castillo de los duques de Marlborough, a cuya familia
pertenecía este gigante de la Inglaterra de este siglo. El
historiador Hugh Thomas, autor del mejor libro sobre la guerra
civil española, me invita a tomar té a la Casa de los Lores.
También doy conferencias en los dos mejores think tank
ingleses, el Institute of Economic Affairs y el Adam Smith
Institute. Antes de regresar a Chile me queda un compromiso.
Pronunciar el discurso de fondo en la reunión del London Metal
Exchange que todos los años reúne, en uno de los hoteles más
tradicionales de la ciudad, el Grosvenor House en Park Lane, a unos dos mil
empresarios, inversionistas y ‘brokers’ vinculados al mercado
minero. El encuentro combina una dimensión reflexiva con un
gran evento social. Es la primera vez en la gira –y también
desde luego la primera vez en mi vida— que me encuentro frente
a un pequeño piquete de agitadores. Están ubicados a la entrada del
hotel y uno de los contestatarios agita un cartel que dice “Piñera
Go Home!” Ante el estupor del embajador británico que me
acompaña, me acerco amistosamente a ellos y por encima de una
barrera policial les digo que lo único que deseo a estas
alturas del viaje es volver a casa, que en cuanto pronuncie el
discurso haré mis maletas de regreso, y que pueden quedarse
tranquilos porque no está entre mis planes radicarme en el
siempre nublado Londres. A los pocos días vuelvo a Santiago a
dar la batalla final por la aprobación de la importantísima
Ley Constitucional Minera, que hemos elaborado con inmenso
esfuerzo durante todo el año. Está en juego el futuro del
sector más rico de la economía chilena.
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