| Morir
con dignidad Por Bernardino Piñera, ex Arzobispo de La Serena y Académico Honorario (Academia de Medicina de Chile, 2 de diciembre de 1998). No puede un sacerdote acercarse a un enfermo que está próximo a morir y teme morir, hablarle de la muerte y animarlo a afrontarla con entereza, si él mismo, el sacerdote, no se ha planteado el problema de su propia muerte, si él no está preparado para morir él mismo, en ese instante. No se puede decir a un moribundo palabras de rutina. Las palabras convincentes tienen que expresar una honda fe en lo que uno dice, una experiencia personal de vida, un testimonio de la propia actitud ante la muerte, que al sacerdote también lo espera. El sacerdote ha acudido a atender un enfermo de su propia religión, que comparte su fe y su actitud ante la vida y ante la muerte. Y está allí para eso, para ayudarlo a morir bien: con coraje, con dignidad, con confianza, con paz, dentro de esa fe compartida. El médico, en cambio, puede compartir o no la fe religiosa, o la falta de fe, o la filosofía de la vida de su enfermo. Y no está allí cumpliendo una misión religiosa sino para aliviar a su enfermo. En algún caso un médico creyente, o simplemente humanitario, querrá ayudar a su hermano enfermo, desde una fe común o desde una actitud común ante la muerte. El médico se hará consejero espiritual de un enfermo, pero esto será desde otro punto de vista que el propio del médico. Un célebre historiador de la medicina, el profesor Guthrie, de Escocia, dedica en su Tratado sobre la materia, un capítulo a la medicina en la Edad Media. Yo fui un tiempo profesor de Historia de la Medicina. Había leído o consultado varios textos sobre la materia y por lo general me había encontrado con una actitud mas bien despectiva de los autores al tratar esa época: poco o nulo progreso científico experimental, oscurantismo medieval... Pero Guthrie decía que la Edad Media había sido como una edad de oro de la medicina. ¿Cómo así? Porque la cristiandad medieval había enseñado a los médicos que el enfermo no es un simple animal que sufre, que es un hijo de Dios, creado a su imagen y semejanza y dotado de un destino eterno. La medicina, explicaba, se separó allí definitivamente de la veterinaria y alcanzó su dignidad propia. El enfermo que se muere no es tan sólo un organismo en crisis, próximo al desenlace. El piensa, sabe o cree que es más que eso. Próximo a la muerte oye la voz de su conciencia; renace en él la voz acallada pero persistente de la fe que tuvo en su infancia y que quizás se fue apagando a lo largo de la vida; se aferra a una esperanza dormida, que lo ayude a desprenderse de todo aquello que, lo quiera o no lo quiera, está a punto de dejar para siempre. Y puede ser también un hombre de fe inalterada que quiere morir tal como ha vivido, fiel a sus creencias. Puede ser también un hombre no religioso pero con principios humanísticos claros. Recuerdo uno de los primeros filmes que vi de niño, en blanco y negro, que relataba la vida del fundador de la familia Rothschild, el célebre banquero israelita. En su lecho de muerte, rodeado por su familia, el moribundo daba a sus hijos sus últimas recomendaciones: "vivan con dignidad, les decía; sufran con dignidad; mueran con dignidad". Cómo habría podido su médico, oyendo tales palabras, prescindir de ellas y negarle a su enfermo la posibilidad de morir, según su deseo, con dignidad. El médico debe tomar en cuenta esa dimensión humana, ética y espiritual de su enfermo, su fe, su esperanza, su conciencia, o su sentido de la vida y ayudar al enfermo a morir como él desea morir y si el enfermo ya ha perdido la conciencia, como el deseaba morir. Recuerdo haber sido llamado por su hija a asistir a un hombre ilustre a quien yo no conocía. Sólo sabía que toda su vida pública --era un político-- había sido totalmente ajena, y aun contraria, a la tradición católica mayoritaria en nuestro país. Entré solo a la pieza del moribundo. Estaba pálido como un papel, rodeado de almohadas, respirando difícilmente, claramente angustiado. Y me dijo, "déjeme morir en paz. Quiero morir como he vivido. Respete mi conciencia". Lo miré con admiración. Por mucho que, como cristiano, hubiera querido verlo morir en lo que es para mí la verdadera fe, sentí la grandeza de un hombre que, a la hora de la verdad, da testimonio de su sinceridad y de su consecuencia. Eso es lo que el médico debe respetar. En Chile, cuatro siglos de evangelización han creado una cultura católica a la cual pocos escapan totalmente. La gran mayoría de los chilenos se declaran creyentes, de alguna manera y en algún grado, pero creyentes al fin. Y a la hora de la muerte, la fe a menudo revive, se reanima. Lo mismo ocurre por cierto a los judíos, a los protestantes, a los evangélicos y a los católicos: todos pertenecemos a la gran tradición judío-cristiana que se inicia hacia el comienzo del segundo milenio antes de Cristo, cuando un viejo nómade del desierto escuchó una voz que le intimaba una orden y le hacía una promesa. Abraham reconoció la voz de Dios, creyó y obedeció. La muerte, para el hombre, se presenta antes que nada como un hecho, un hecho ineludible. Pero el hombre quiere entender la muerte, su muerte, le busca un sentido. Aceptando el hecho de la muerte y aun encontrándole un sentido, el hombre quiere liberarse de ella, vencer la muerte; aspira a la vida, a una vida plena, a una vida sin fin. Pero él sabe que esto no depende de él; tampoco depende de los médicos, lo sabemos mejor que nadie: todos los enfermos, todos, al final, se nos mueren. Pero Dios que es "el viviente", que es "la vida" puede liberarnos de la muerte. Dios quiere que el hombre "se convierta y viva". La enfermedad es un correctivo que invita al hombre a prepararse para esa vida sin fin a la cual aspira. Para el que no tiene fe, el mundo es un autódromo y el hombre es el piloto de un auto de carrera que algún día se detendrá para siempre sin que jamás sus cuatro ruedas se aparten de la pista. Para el que tiene fe, el mundo es un aeropuerto y el hombre es el piloto de un avión que corre por la pista, casi al igual que el auto de carrera pero sabiendo que va a despegar. Y que aun cuando puede correr por la pista como un auto, su avión está hecho para volar. Sirve para la tierra, pero está hecho para el cielo. La compartamos o no, debemos respetar esa esperanza. Nosotros los médicos debemos estar al lado de nuestros enfermos, sean o se crean pilotos de auto o pilotos de avión hasta el final de la pista. Y a los que tienen confianza en el despegue y sienten el llamado de los espacios infinitos, dejémoslos prepararse para el vuelo sin retorno. Comentarios de académicos presentes. |