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Siempre me ha asombrado la paradoja de
nuestro "continente de siete colores", como lo llamó hermosamente Germán
Arciniegas. América Latina -conectada por su geografía con dos de las naciones más
exitosas del mundo, bendecida con toda clase de recursos naturales, sin graves problemas
de violencia originados en la raza, la religión o la lengua, sin mayores conflictos entre
sus países, con una extraordinaria cultura caracterizada por su continuidad y su
diversidad- podría ser una región próspera y estable.
Sin embargo, la vida política y económica de nuestro continente en los últimos dos
siglos contrasta abiertamente con aquella de Estados Unidos. Las consecuencias han sido
elocuentes, como lo ha destacado el historiador Claudio Véliz: "Nosotros estamos en
un nuevo mundo que nació casi simultáneamente en el norte y en el sur, que fue habitado
por dos grandes sociedades trasplantadas y ambas generadas a su vez por los imperios más
grandes de la modernidad. Dos sociedades que comenzaron una muy pobre, la del norte, y
otra muy rica, la del sur. Y en 500 años los papeles se han trastocado totalmente".
En dinero de hoy, EE.UU. tenía en 1820 un Producto Interno Bruto (PIB) de 12 mil millones
de dólares. En 1900, el PIB de EE.UU. había subido a 313 mil millones, y ahora alcanza a
más de 10 billones (mil veces el inicial). ¿Cómo se logró este desarrollo
espectacular? En gran medida, gracias a las instituciones y a la filosofía política que
le legaron a Estados Unidos los bien llamados "Padres Fundadores": Benjamín
Franklin, George Washington, John Adams, Thomas Jefferson, James Madison y Alexander
Hamilton, entre otros. La Declaración de Independencia, la Constitución, el "Bill
of Rights" y El Federalista son obras maestras que le dieron el más sólido y
estable sustento filosófico, político, económico y moral a la nueva nación.
Quisiera esbozar la hipótesis de que la tragedia de América Latina en el siglo XX
proviene, en gran parte, de haber sido un continente huérfano. Los libertadores lucharon
con gran heroísmo para independizar a nuestros países del control político español.
Pero una cosa es saber luchar y otra muy distinta saber fundar naciones y gobernar bien.
Los libertadores y sus sucesores no anclaron a las jóvenes repúblicas en los valores de
la libertad individual, el Estado de Derecho y la democracia limitada, sino, por el
contrario, mantuvieron, y en algunos casos superaron, la tradición centralista española.
Es sintomático que, mientras todos los Padres Fundadores mueren en sus hogares rodeados
del afecto ciudadano, Bolívar muera desesperanzado y camino al exilio, Sucre asesinado,
San Martín olvidado en un pueblo francés, y O'Higgins en el destierro en Lima.
El hecho de que América Latina tuviera "Generales Fundadores", pero
indudablemente no "Padres Fundadores", ha significado que hasta hoy América
Latina carece de las instituciones y los principios de una verdadera democracia al
servicio de la libertad. Por ello, nuestro progreso es tan oscilante y frágil. Como en el
mito de Sísifo, empujamos la roca hasta la cumbre de la montaña para ver una y otra vez
cómo vuelve a caer, aunque no necesariamente al nivel desde el cual se partió.
Agrava la situación el hecho de que el discurso público en América Latina trasunte
tanto pesimismo y resignación. Mucha gente se conforma con la equivocada creencia de que
este continente nunca será capaz de encontrar un camino de prosperidad. Para explicar lo
anterior, se utilizan argumentos que van desde la raza hasta el clima tropical, pasando
por los términos de intercambio, la religión católica y por todo tipo de explicaciones
que intentan culpar a algo o a alguien fuera de América Latina. Discrepo de esa postura
que, aunque se asuma de buena fe, es muy cómoda porque permite a los gobernantes de
cualquier signo "echarle la culpa al empedrado", como reza el refrán. Por el
contrario, estimo que es de nuestra responsabilidad no haber sabido construir verdaderas
repúblicas democráticas, con economías de mercado y sociedades libres.
Tres buenas noticias
Una elocuente indicación de que también en América Latina funciona la libertad y de que
se pueden realizar grandes avances, son tres experiencias singulares en los últimos
treinta años del siglo XX.
La primera es el éxito de la Revolución Chilena. En la década del setenta, Chile logró
transformar lo que fue su mayor crisis del siglo XX en una oportunidad para hacer una
revolución de libre mercado, que se extendió después a campos sociales claves y que ha
sentado los cimientos del Chile actual. Esa revolución no solamente fue la principal
causa de un retorno pacífico y constitucional a un sistema democrático en 1990, sino que
además permitió que Chile siga hoy día siendo el país más competitivo y más
próspero de América Latina. El nuevo modelo económico hizo crecer al país a tasas del
7% anual durante más de doce años, redujo drásticamente los niveles de pobreza, y creó
una clase media que ha estabilizado los pilares del sistema. Por cierto, la calidad de las
políticas públicas ha caído en la última década, y ello significa que hemos perdido
la oportunidad de salir del subdesarrollo antes de nuestro bicentenario el año 2010. Pero
también es cierto que se ha logrado preservar las bases del exitoso modelo
económico-social, y que Chile superó ese umbral crítico que permite la convivencia
civilizada y la amistad cívica.
La segunda buena noticia es la evolución reciente de México. Recuerdo cuando Mario
Vargas Llosa sostuvo que México era la "dictadura perfecta". Sin embargo,
distintos presidentes y equipos - incluso dentro de ese esquema institucional tan
imperfecto- tuvieron la visión de comenzar a abrir espacios a la libertad en el campo
económico, social y político. El ingreso al NAFTA fue un punto de inflexión de
consecuencias altamente positivas. Otro hito fue la reforma previsional siguiendo el
modelo chileno; ya hay en México 25 millones de trabajadores que tienen una cuenta
individual de ahorro para la vejez. Y el tercer hito ha sido la reciente alternancia
pacífica en el poder. Todavía falta mucho que hacer para realizar el gran potencial que
tiene un país como México, pero el país se ha encaminado en la dirección del
desarrollo y la sociedad libre.
La tercera buena noticia es la revolución mundial de las pensiones originada en Chile. En
ocho países de América Latina ya hay cincuenta millones de trabajadores que tienen cien
mil millones de dólares ahorrados en sus fondos de pensiones. Hay tres países en la ex
Europa comunista - entre ellos Polonia- con un modelo de pensiones de capitalización
familiar, lo que suma otros veinte millones de trabajadores. Y esta idea ha comenzado a
penetrar en los países desarrollados que enfrentan una grave crisis en sus sistemas de
pensiones estatales. Desde ya, el Presidente de Estados Unidos ha dicho públicamente que
quiere introducir el sistema chileno de cuentas individuales de ahorro para las pensiones.
Es notable que Suecia - el modelo del "Estado del Bienestar"- también avanzó
hace dos años en esta dirección permitiendo minicuentas individuales de previsión, en
una experiencia que puede tener un impacto importante en Europa continental, que es la
región más reacia a esta reforma. Y Hong Kong - la economía más competitiva del mundo-
ya tiene funcionando un sistema similar, lo que puede llevar a China también por esta
ruta.
La revolución inconclusa
Estas tres experiencias produjeron inicialmente un impacto positivo en toda América
Latina. Los más variados países comenzaron a realizar reformas económicas de libre
mercado y lograron valiosos avances que han permitido elevar la calidad de vida de sus
ciudadanos. Durante la década de los noventa, el PIB total de la región creció a una
tasa promedio anual del 3,2%, superando en 2,2 puntos porcentuales el crecimiento del
producto experimentado en la década del ochenta. Sin embargo, en muchos casos estas
reformas adolecieron de un pecado original: no fueron coherentes tanto entre ellas como
con la estructura político-institucional del país, lo que explica gran parte los
retrocesos actuales en la región.
Toda persona amante de la libertad, y por esa misma razón, adhiere a un sistema
democrático para elegir gobernantes. Pero hay democracias y democracias, y claramente no
da lo mismo cualquier forma de democracia, dentro de las infinitas maneras en que pueden
conjugarse los diversos elementos que la constituyen.
Como lo sostuvo Alexis de Tocqueville en su magnífico libro "Democracia en
América", la democracia debe siempre protegerse contra el despotismo popular. En
América Latina una suerte de "tiranía de la mayoría", alimentada con
demagogia y populismo, ha llevado, una y otra vez, al gobierno excesivo, que empobrece a
la sociedad civil y termina siendo, en el mejor de los casos, el "ogro
filantrópico" que tan bien describió Octavio Paz y, en el peor, un ogro corrupto,
ineficiente y opresor.
Consciente de esta debilidad de la nueva democracia chilena, sin anclaje en una filosofía
política de libertad, escribí en 1991 en mi libro "El Cascabel al Gato", algo
que lamentablemente se ha cumplido: "Hay un nuevo Chile económico y social que está
muy bien, pero hay un viejo Chile político que está muy mal. Hasta ahora esta dicotomía
no se nota demasiado en la marcha del país real, pero la lógica de los acontecimientos
llevará tarde o temprano a la asfixia del Chile modernizado, estrangulado por las
insuficiencias de su aparato político".
Para que exista una democracia al servicio de la libertad es condición necesaria que el
gobierno tenga sus poderes claramente limitados por la Constitución. La democracia es un
método para adoptar las decisiones en aquellas áreas en que es necesario adoptar
decisiones colectivas, es decir, un sistema para decidir "cómo" debe ser
conducido un gobierno, y no un método para decidir "qué" debe hacer un
gobierno.
Por supuesto la mayoría debe mandar, pero dentro de un marco constitucional que
claramente limite y contrapese sus poderes, y sólo en aquellas materias que correspondan
al rol del Estado en la sociedad.
De otra manera se cumple el dictum de Jefferson: "La tendencia natural es que los
gobiernos intenten permanentemente incrementar su poder y que la libertad se bata en
retirada". Para evitar eso, es indispensable que los ciudadanos ejerzan una
"eterna vigilancia" sobre el poder. Como bien le dijera Benjamín Franklin a la
ciudadana que, a la salida de la convención constitucional en Filadelfia, le preguntó
qué sistema de gobierno le habían legado al nuevo país: " Una república,
señora... si son capaces de mantenerla".
En Estados Unidos hay una Constitución de más de doscientos años, aceptada con respeto
y entusiasmo por todos, y con escasas enmiendas, todas aprobadas a través de un doble
sistema de aprobación parlamentaria y por los estados. La Constitución norteamericana
comienza diciendo: "We The People", pues es en efecto el pueblo quien le entrega
al gobierno ciertos poderes claramente enumerados, para que le proteja los derechos
inalienables que la Declaración de Independencia especificó como aquellos a la Vida, la
Libertad y la Búsqueda de la Felicidad. Los tres autores del Federalista - Madison,
Hamilton y Jay- explican, en esa magnífica defensa del texto constitucional, por qué y
cómo se creó un mecanismo de relojería para compensar los poderes entre las tres ramas
del ejecutivo, entre el gobierno y la sociedad civil, y entre el gobierno y los
individuos.
Reconozcamos con realismo que nosotros estamos muy lejos de una filosofía y práctica
constitucional como ésta. Las constituciones se cambian en América Latina con gran
frecuencia, a través de negociaciones opacas, y en el proceso participa con poder
decisorio sólo una cúpula de dirigentes políticos, aunque se revista de supuestos
apoyos populares. La norma, aunque con excepciones, en América Latina, es que los que
gobiernan rechazan limitar sus poderes, cualquiera sea su corriente política.
En segundo lugar, es necesario crear una cultura de alternancia en el poder, lo que
permitirá a los gobernantes "internalizar" que otros gobiernos podrían usar y
abusar de determinados poderes excesivos. En todas partes duele dejar el poder político,
pero en nuestro continente parece que fuera equivalente a la muerte civil. Las
consecuencias en el último tiempo han sido dramáticas. El presidente Menem, que hace un
gran primer gobierno, en su segundo período aplica medidas populistas porque tiene la
pretensión de un inconstitucional tercer gobierno. El presidente Fujimori también hace
un buen primer gobierno, pero cuando trata de ser gobernante por tercera vez produce una
crisis espectacular y termina de manera vergonzosa como un fugitivo en el exilio. El
presidente Fernando H. Cardoso usa el último año de su primer gobierno para cambiar la
Constitución, y conseguir un segundo gobierno, en vez de utilizar su capital político
para hacer la reforma previsional. En Chile, aunque cuando se sugirió cambiar la norma
que prohíbe la reelección presidencial el Presidente Lagos reaccionó en la mejor
tradición republicana, en el período 1998-99 se manipularon las políticas públicas
para obtener un tercer período en el poder para la coalición gobernante. Hasta hoy Chile
sufre las consecuencias de la expansión desmedida del gasto público, de las alzas
demagógicas del salario mínimo, y de un nefasto proyecto de reforma laboral que se
presentó a un mes de las elecciones como artificio político-electoral.
Si no hay una verdadera cultura democrática de alternancia en el poder, los años de
elección presidencial serán altamente peligrosos para el futuro de cada país. La
adicción enfermiza por el poder conduce a gobernar no para dejar legados permanentes,
sino que para intentar perpetuarse en los cargos públicos.
En tercer lugar, se requiere crear las condiciones para que surja y se consolide una
sociedad civil fuerte e independiente. Los gobiernos tienen que crear un marco de libertad
y equidad en las reglas, dentro de las cuales los individuos puedan aspirar, con sus
propios esfuerzos, a la felicidad. Los ciudadanos deben tener la cancha abierta para la
creación de un número infinito de asociaciones voluntarias que les ayuden en esa tarea.
Un termómetro de una vigorosa sociedad civil es una prensa libre, vigorosa e
independiente. En nuestra región, aunque con excepciones notables, la prensa ha sido
históricamente demasiado cercana al poder; de mil maneras - sutiles algunas, abiertas
otras- , pero la prensa no ha sido un contrapeso efectivo al poder. En cuarto lugar,
¿cómo puede prosperar una economía y sostenerse una sociedad libre sin un Estado de
Derecho en forma? Esta ha sido una gran falla de América Latina. La ineficiencia, el
anacronismo, la sujeción al poder político, y en varios países incluso la corrupción,
han hecho imposible el imperio de la ley. Aunque debiera existir una "muralla
china" entre los gobiernos y el poder judicial, eso claramente no sucede. Hasta
presidentes o ministros que son juristas olvidan sus principios una vez en el poder y no
resisten la tentación de influir indebidamente en los dictámenes judiciales, ya sea por
conveniencias políticas o ambiciones personales (como las reelecciones prohibidas).
Educación, educación
Otro pilar fundamental para modernizar la política es la necesaria revolución
educacional en América Latina. En el Enade realizado en 1997 hice un planteamiento
integral de reforma educacional, basado en el subsidio de la demanda y la apertura de la
oferta, y esa propuesta sigue absolutamente vigente. Sin un incremento radical en la
calidad en la educación, es obvio que es muy difícil tener una democracia al servicio de
la libertad. Por supuesto, ésta es una tarea de largo plazo y desde ya la clave para
derrotar la pobreza.
Pero otro grave problema en América Latina, que podría atenuarse en plazos menores, es
la extendida ignorancia económica de la ciudadanía. ¿Cómo se explica que
parlamentarios que saben que distorsionar el mercado del trabajo va a producir desempleo y
reducir, a la larga, los salarios de los mismos trabajadores, aprueban leyes en esa
dirección? Porque las encuestas les dicen que la gente no entiende para nada la relación
entre mayor rigidez del mercado laboral y desempleo, y porque muchas de las leyes más
importantes de la economía van contra la intuición desinformada.
Quizás el proyecto socialmente más rentable de América Latina sea crear una
"Fundación Prosperidad Ciudadana", en la línea de la exitosa "Fundación
Paz Ciudadana" chilena, cuya misión sea educar a la ciudadanía en los principios
elementales de la economía. Las leyes van a continuar fabricando pobreza mientras los
ciudadanos no comprendan las causas de la riqueza de las naciones.
Casi siempre, los países de América Latina necesitan llegar al borde del abismo, antes
de enmendar rumbos. Aprendemos a golpes en vez de aprender por la razón, y eso tiene que
cambiar. Y sólo lo puede cambiar la educación.
Comunidad Americana
En casi todas las grandes tareas señaladas puede ayudar mucho un mayor acercamiento de
América Latina con Estados Unidos. Me confieso un gran admirador de la democracia y de la
economía norteamericanas, aunque prefiero lejos nuestras tradiciones valóricas, formas
de vida y manifestaciones culturales. Pues, ¿cómo no admirar a esos Padres Fundadores
que le legaron a Estados Unidos una combinación de instituciones políticas y sistema
económico que los ha convertido en la sociedad libre más exitosa de la historia?
Es entusiasmante vivir en la etapa histórica que están experimentando las relaciones
entre América Latina y Estados Unidos. Desde ya, el ingreso al NAFTA ha sido un éxito
espectacular para México, lo que está teniendo un fortísimo efecto de demostración en
América Central, y similar efecto tendrá en América del Sur nuestro Tratado de Libre
Comercio con Estados Unidos.
Espero que los tratados de libre comercio sean sólo "el fin del comienzo". Hay
mil iniciativas que pueden surgir a partir de una mayor integración comercial. Quizás lo
más importante será que, por una suerte de proceso de osmosis, iremos trayendo a nuestra
realidad algunos conceptos económicos y políticos fundamentales detrás de la exitosa
experiencia de EE.UU., así como ellos se van a beneficiar de aprender de nuestra cultura
y formas de vida. Una mayor prosperidad de América Latina también evitará que tantos
millones de nuestros ciudadanos, y quizás los más emprendedores, emigren, no sin dolor,
a la gran economía de oportunidades del norte.
Sueño con que estos acuerdos sean el inicio de una "Comunidad Americana" de
naciones, todas independientes, todas cultivando con fuerza sus identidades culturales,
pero unidas en un mercado único de comercio, de inversiones, de movimientos de personas,
de ideas y de grandes parámetros institucionales. Una "Comunidad Americana" de
naciones comprendería 830 millones de personas y un PIB conjunto de 13 billones de
dólares, muy superior incluso al de la Europa ampliada que se estructurará en los
próximos años.
En fin, es necesario atreverse a soñar de nuevo. Como dijera en otro momento crítico el
poeta norteamericano Carl Sandurg, "La república es un sueño. Pero nada sucede si
no es primero un sueño".
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