(Nota. Una
versión preliminar de este ensayo histórico fue publicado en El Mercurio el 22 de
Agosto del 2003 con el título "Nunca más. Un ensayo sobre
el quiebre de la democracia en Chile". El libro incluye los documentos que
sustentan el ensayo. Interesados en adquirirlo, contactar a "pandrade@chile.com").
El miércoles 22 de agosto de 1973 el pleno de la Cámara de Diputados fue citado a
las 12 horas para "analizar la situación política y legal que afecta al
país".
Al iniciarse la sesión, los Comités de Diputados del Partido Demócrata
Cristiano (PDC) y del Partido Nacional (PN) presentaron un proyecto de Acuerdo que
cambiaría el curso de la historia de Chile.
El primer orador fue el diputado del PDC Claudio Orrego, quien, en su discurso de
presentación del proyecto de Acuerdo, afirmó:
"El país está sufriendo
actualmente una crisis que no tiene parangón en nuestra historia patria, a lo largo de
ciento sesenta y tantos años de vida independiente... Hasta este momento la crisis no se
resuelve; al contrario, se agudiza día a día. Por eso, nosotros, hoy día, en esta
Corporación y ante la faz de Chile, queremos decir que ha llegado la hora, que ha llegado
el momento de que digamos una vez más nuestra verdad responsablemente ante el país y
ante la historia, porque el Congreso no puede seguir silenciando la grave situación
porque atraviesa Chile y tiene que hacer un enjuiciamiento global de ella, porque la
situación de ilegalidad pasa por atropellos reiterados a las resoluciones del Congreso
Nacional, por atropellos reiterados a las atribuciones del Poder Judicial, por atropellos
reiterados a las facultades de la Contraloría General de la República, por atropellos
reiterados a los derechos de los ciudadanos, a los medios de comunicación de los chilenos
y hasta, en algunos casos, a la libertad de las personas... En ese cuadro, señor
Presidente, no caben soluciones de parche. Dentro de este cuadro, cuando un país se
desmorona, no caben pequeñas maniobras de política superestructural. Aquí hay que
resolver los problemas de fondo" (Claudio Orrego V., Para una paz estable entre los
chilenos, edición privada del autor, 1974).
El diputado Orrego afirmó también que el Presidente Salvador Allende no estaba
respetando el Estatuto de Garantías Democráticas que había hecho posible su elección.
Este listado de derechos individuales había sido incorporado a la Constitución en 1970
como condición para que la Democracia Cristiana lo eligiera con sus votos como
presidente, pues el candidato socialista sólo había obtenido el 36.2% del voto popular
y, por lo tanto, el Congreso podía elegir a la primera magistratura a cualesquiera de las
dos primeras mayorías relativas. Más tarde, Allende reconocería que él firmó este
Estatuto sólo como una maniobra "táctica" (Regis Debray, The Chilean
Revolution: Conversations with Allende, 1971).
Tras intervenir otro representante del PDC, tomó la palabra el diputado del PN
Hermógenes Pérez de Arce, quien afirmó que el Acuerdo demostraba que "el Poder
Ejecutivo había dejado de encuadrarse en la Constitución y la Ley, lo que ha dado lugar
a la ilegitimidad del mandato y ejercicio del Presidente de la República".
Después de otros dos diputados nacionales, intervino el diputado Luis Maira de la
coalición de partidos de gobierno llamada Unidad Popular. No negó las graves acusaciones
que hacía el proyecto de Acuerdo e intentó justificar la conducta del gobierno
sosteniendo "que el problema de fondo no es otro que el Estado de Derecho y su justa
correlación con las transformaciones económicas indispensables".
La sesión de la mañana finalizó con un fogoso discurso del diputado Juan Luis Ossa,
presidente de la juventud del PN. En los alrededores del edificio del Congreso habían
ocurrido el día anterior graves incidentes. El diputado Ossa, atacado por grupos armados,
se había visto obligado a hacer uso de un arma de fuego, afirmando a la prensa que se le
disparaba incluso con armas automáticas. La policía no había actuado en defensa de los
jóvenes de su partido. Exasperado por este incidente, increpó a los diputados
comunistas: "Por eso ustedes, bandas de traidores, bandas de cobardes, bandas de
vendidos, bandas de mentirosos hipócritas, están descalificados para hablar de la guerra
civil". Ese era el clima que se vivía en Chile ese día de agosto.
A las 14 horas y 13 minutos se interrumpió el debate. En el mundo hispano, ni siquiera
asuntos tan graves ameritan desconocer la hora del almuerzo.
La sesión de la tarde, convocada para votar el proyecto de Acuerdo, comenzó a las 20
horas. Pero hubo una sorpresa. Tras un breve debate, la Cámara se constituyó en sesión
secreta a instancias de Jorge Insunza y el público en las tribunas tuvo que abandonar el
recinto. En ella, el diputado comunista pronunció un discurso amenazante sosteniendo que,
si se aprobaba el proyecto de Acuerdo, fuerzas extranjeras invadirían de inmediato el
país.
Reanudada la sesión pública, se procedió de inmediato a votar. Una vez hecho el
recuento, el Presidente de la Cámara de Diputados levantó la voz y declaró aprobado por
81 votos contra 47 el Acuerdo sometido a votación. A las 21 horas 49 minutos se levantó
la sesión.
Al día siguiente, 23 de agosto, El Mercurio tituló así a todo lo ancho de la página:
"Declaró Acuerdo de la Cámara de Diputados: EL GOBIERNO HA QUEBRANTADO GRAVEMENTE
LA CONSTITUCIÓN".
El texto del Acuerdo fue publicado íntegramente ese día por El Mercurio. El Acta oficial
de la sesión, que fue presidida por el diputado del PDC Luis Pareto y el del PN Gustavo
Lorca, presidente y vicepresidente de la Cámara respectivamente, fue publicada el 25 de
agosto en el diario gubernamental La Nación.
El Acuerdo, aprobado por casi dos tercios de los diputados (63.3%), acusaba al gobierno
del Presidente Allende de veinte violaciones concretas a la Constitución y las leyes,
entre las cuales destacaban amparar grupos armados, torturar, detener personas
ilegalmente, amordazar la prensa, manipular la educación, limitar la posibilidad de salir
del país, confiscar la propiedad privada, formar organismos sediciosos, violar las
atribuciones del Poder judicial, el Congreso y la Contraloría, y todo ello de manera
sistemática y con el fin de instaurar en Chile "un sistema totalitario", es
decir, una dictadura comunista.
Fue un hecho extraordinario que el Acuerdo de la Cámara haya sido aprobado por todos los
diputados del PDC, el partido mayoritario cuyo líder indiscutido era el Presidente del
Senado y ex Presidente de la República Eduardo Frei Montalva, pues sólo tres años
antes, el 24 de octubre de 1970, ese mismo partido había contribuido con todos sus votos
a elegir Presidente a Salvador Allende en el Congreso Pleno.
Para John Locke, el gran pensador político inglés, la tiranía es "el ejercicio del
poder más allá de la ley". Cuando surge ese tirano, es él quien ha colocado al
país en estado de guerra al traspasar los límites de su poder, es decir, se ha
"rebelado" ("re-bellare", proviene del latín "bellum" que
significa guerra).
La esencia del Acuerdo de la Cámara de Diputados entonces es la acusación que se le hace
al Presidente Allende de que, pese a que fue elegido democráticamente, se había rebelado
contra la Constitución y, por lo tanto, convertido en un "tirano".
Veinte violaciones y un llamado desesperado
El Acuerdo de
la Cámara de Diputados constituye un verdadero "Acuerdo contra la
Tiranía". Tiene 15 artículos y se puede descomponer conceptualmente de la siguiente
manera:
a) Un preámbulo contenido en los artículos 1 a 4, que enuncia las conocidas condiciones
esenciales que deben darse para que exista un Estado de Derecho. Contiene una advertencia
cargada de significado ("un gobierno que se arrogue derechos que el pueblo no le ha
otorgado incurre en sedición"), y recuerda que el Presidente Allende no fue elegido
por una mayoría del voto popular sino por el Congreso Pleno, "previo acuerdo en
torno a un estatuto de garantías democráticas incorporado a la Constitución
Política".
b) Veinte acusaciones de violaciones a la Constitución y las leyes: una acusación
genérica contenida en los artículos 5 y 6, diez sobre violaciones concretas a
determinados derechos humanos que están enumeradas dentro del artículo 10, siete sobre
violaciones a la separación de poderes en los artículos 7, 8 y 9, y finalmente dos sobre
acciones de carácter sedicioso en los artículos 11 y 12. Este listado tiene una
estructura similar a la cadena de acusaciones contra el rey Jorge III que hace la
Declaración de Independencia de Estados Unidos para justificar ante el mundo esa ruptura.
c) Una precisión sobre el rol de los ministros militares que el Presidente Allende había
incluido en carteras claves de su gabinete (Art. 13 y 14). Hay que aclarar que el mismo
Presidente Allende había abierto las puertas de la política a los militares al designar,
un año antes, a varios generales y almirantes en ministerios claves. Durante algunos
meses incluso designó en el cargo político de mayor gravitación y controversia, el
Ministerio del Interior, al Comandante en Jefe del Ejército, general Carlos Prats. En
agosto de 1973, un almirante era Ministro de Hacienda, el cargo clave en la conducción
económica del país.
d) Un llamado al Presidente de la República y a los ministros miembros de las Fuerzas
Armadas (Art.15) a poner "inmediato término" a estas graves violaciones a la
Constitución.
El 23 de agosto un mensajero de la Cámara entregó en el palacio presidencial de La
Moneda un sobre dirigido al Primer Mandatario con el texto del Acuerdo aprobado la noche
anterior.
El jueves 24, el Presidente Allende daba a conocer una carta pública dirigida al país. En ella
sostenía: "En el día de anteayer, los diputados de oposición han exhortado
formalmente a las Fuerzas Armadas y Carabineros a que adopten una posición deliberante
frente al Ejecutivo... Pedir a las Fuerzas Armadas y Carabineros que lleven a cabo
funciones de gobierno al margen de la autoridad y dirección política del Presidente de
la República es promover el golpe de Estado".
Allende acusó a la mayoría de los diputados de querer removerlo del cargo sin una
acusación constitucional formal, en lo cual tenía razón. Por eso la Cámara realiza un
"llamado" a la intervención de los ministros militares, y obviamente a través
de ellos a las Fuerzas Armadas, pues el camino estrictamente jurídico para remover al
Presidente era imposible.
En efecto, la remoción del Presidente, conforme al artículo 42 de la Constitución
promulgada en 1925, exigía para ello dos tercios de los senadores en ejercicio. Como el
Senado se renovaba parcialmente, era virtualmente imposible que un Presidente, por
impopular que fuera, perdiera de tal manera las elecciones parlamentarias durante su
período como para quedar sin el apoyo de al menos un tercio de los senadores. De hecho,
la oposición al Presidente Allende ganó por mayoría absoluta las elecciones
parlamentarias de marzo de 1973, logrando casi dos tercios de la Cámara de Diputados,
pero no igual mayoría en el Senado. En síntesis, la Constitución de 1925 permitía que
un gobierno la violara, incluso "sistemáticamente" como sostuvieron una amplia
mayoría de los diputados, mientras ese gobierno mantuviera a su lado a un tercio de los
senadores.
Es reveladora la confusión sobre lo que significa el Estado de Derecho que trasunta la
respuesta de Allende, ya que declara que insistirá en su camino ilegal pues "tras la
expresión 'Estado de Derecho' se esconde una situación que presupone una injusticia
económica y social entre chilenos que nuestro pueblo ha rechazado. Pretenden ignorar que
el Estado de Derecho sólo se realiza plenamente en la medida que se superen las
desigualdades de una sociedad capitalista".
Esta declaración es consistente con aquella que había hecho su Ministro de Justicia el 1
de julio de 1972: "La revolución se mantendrá dentro del derecho mientras el
derecho no pretenda frenar la revolución".
El origen del texto del Acuerdo ha sido explicado por Claudio Orrego, de esta manera:
"El Presidente de la Democracia Cristiana, senador Patricio Aylwin, me encomendó la
tarea de preparar el proyecto de acuerdo. Me solicitó que hablara con el senador Juan
Hamilton... quien me informó que los parlamentarios del Partido Nacional tenían un
borrador de declaración que podía ahorrarnos mucho trabajo. Tomé contacto, entonces,
con el senador Sergio Diez y con el diputado Mario Arnello, quienes me facilitaron una
copia de su trabajo. Después de analizar dicho documento, me pareció que contenía mucho
material y que estaba muy bien hecho... Una vez terminado el trabajo del cual guardo
el original transmití al senador Aylwin éste para que lo aprobara la Directiva del
PDC. Este procedió a redactar nuevamente las conclusiones, en la forma en que fueron
definitivamente aprobadas por la Cámara. El mismo día 22 de agosto, en la mañana,
revisamos el texto definitivo con Patricio Aylwin y me dirigí al Congreso a
presentarlo... Esa es la relación verdadera del Acuerdo de la Cámara de Diputados. La
historia juzgará de su importancia y su oportunidad" (Carta a La Segunda, 26 de
marzo de 1980).
Según Hermógenes Pérez de Arce, el primer borrador del Acuerdo lo redactó el jurista
Enrique Ortúzar y lo revisó el senador del PN Francisco Bulnes, y que él mismo
participó en una reunión para este efecto. Ello es coherente con la versión de Orrego,
quien señala que la redacción final del texto se basó en un "muy bien hecho"
trabajo que le entregaron parlamentarios del PN. Todo indica entonces que se trata del
mismo texto, el cual fue siendo enriquecido por distintas personas del PN y el PDC en la
búsqueda de una redacción que satisficiera a todos y así asegurara la votación
unánime de los diputados de ambos partidos.
La opción por la violencia política
¿Cómo se explica que un Presidente que llegó al poder a través de una elección
democrática ejercite después su poder en contra de la misma Constitución y las mismas
leyes que le permitieron alcanzar el más alto cargo político de la República? ¿Por
qué un gobierno elegido democráticamente consideró necesario incurrir en veinte
violaciones de la Constitución?
La respuesta está en que una revolución comunista-socialista, que busca establecer lo
que su misma doctrina ha denominado "la dictadura del proletariado", por
definición no se puede hacer dentro de la Constitución y de la ley de una república
democrática.
Una cosa es para un dirigente marxista transformarse en presidente democrático de un
país obteniendo el 36,2% de la votación, contando con la aceptación de un Congreso
cuando a éste le corresponde la elección final, y otra muy distinta es adquirir la suma
del poder necesaria para abolir la democracia y establecer un sistema totalitario. Para
ello se requería una mayoría abrumadora como para realizar las modificaciones
respectivas de la Carta Fundamental. Ello no ha ocurrido en la historia de la humanidad,
pues todos esos regímenes han alcanzado el poder total a través de la violencia.
Es un error atribuir la ruptura chilena a una tendencia más impaciente que otras al
interior de uno de los partidos de izquierda marxista, o a una reunión sediciosa de
diputados con marineros en un barco de la Armada, o incluso a un discurso delirante en un
estadio llamando a la "insurrección de las masas". Estos hechos, que sí
ocurrieron, pueden ser detonantes, pero la causa profunda fue una ideología y una praxis,
tan sistemática como implacable, que concebía a la violencia como "la partera de la
historia".
Son claves para comprender el origen de la ruptura democrática los dos acuerdos oficiales
del Partido Socialista de Chile adoptados, por unanimidad, en sus Congresos anuales de
1965 y 1967.
Ya en su Congreso de Linares (julio, 1965), el Partido Socialista de Chile, que se
definía como marxista-leninista, había sostenido lo siguiente: "Nuestra estrategia
descarta de hecho la vía electoral como método para alcanzar nuestro objetivo de toma
del poder... El partido tiene un objetivo: para alcanzarlo deberá usar los métodos y los
medios que la lucha revolucionaria haga necesarios".
Pero fue en su Congreso de Chillán cuando la postura sediciosa alcanzó su máxima
expresión. Este tuvo lugar entre el 24 y el 26 de noviembre de 1967 y asistieron 115
delegados, y hubo además 'delegados fraternales' de los gobiernos comunistas de
la URSS, Alemania Oriental, Rumania y Yugoslavia, del partido Baath socialista de Siria y
del partido socialista de Uruguay.
La resolución adoptada afirmaba que "la violencia revolucionaria es inevitable y
legítima... Constituye la única vía que conduce a la toma del poder político y
económico, y su ulterior defensa y fortalecimiento. Sólo destruyendo el aparato
democrático-militar del Estado burgués puede consolidarse la revolución socialista...
Las formas pacíficas o legales de lucha no conducen por sí mismas al poder. El Partido
Socialista las considera como instrumentos limitados de acción incorporados al proceso
político que nos lleva a la lucha armada. La política del frente de trabajadores se
prolonga y se encuentra contenida en la política de la Organización Latinoamericana de
Solidaridad (OLAS), la que refleja la nueva dimensión continental y armada que ha
adquirido el proceso revolucionario latinoamericano" (Julio César Jobet, La Historia
del Partido Socialista de Chile, 1997).
El ideólogo del Partido Socialista, y futuro Ministro de Relaciones Exteriores del
Presidente Allende, Clodomiro Almeyda, especuló sobre la forma en que terminaría este
proceso: "La forma fundamental que en un país como Chile pueda asumir la fase
superior de la lucha política, cuando el proceso vigente llegue a colocar a la orden del
día el problema del poder, es impredecible en términos absolutos. Yo me inclino a creer
que es más probable que tome la forma de una guerra civil revolucionaria, a la manera
española, con intervención extranjera, pero de curso más rápido y agudo" (Revista
Punto Final, 22 de noviembre de 1967).
Cabe destacar que el Partido Socialista era el segundo de mayor tamaño del país, que
sería el principal partido en la coalición, la Unidad Popular, que gobernó Chile entre
1970 y 1973, y que Salvador Allende era su más destacado militante. Su partido aliado, el
Partido Comunista de Chile, era el mayor y mejor organizado de todos los Partidos
Comunistas de América Latina, y el tercero en tamaño, después de aquellos de Francia e
Italia, de todo el mundo occidental.
Por cierto, todo esto ocurría en el contexto de la Guerra Fría, en la cual el gobierno
de la Unidad Popular se había aliado con la Unión Soviética en contra de Estados Unidos
y la Europa democrática.
Posiblemente sin haber leído jamás a George Orwell, Allende llamó a la superpotencia
comunista el "hermano mayor" de Chile, en un discurso en el propio Kremlin el 7
de diciembre de 1972, en el cual agregó, tras reunirse con los máximos jerarcas
soviéticos Leonid Brezhnev, Alexei Kosygin y Nikolai Podgorny, que había alcanzado una
"completa identidad de puntos de vista" con los dirigentes comunistas.
Esta adhesión a los regímenes comunistas venía de mucho antes. Desde ya, en el homenaje
que se le hizo a Stalin en Santiago una semana después de su muerte en marzo de 1953, uno
de los oradores principales fue el socialista Salvador Allende.
Es ilustrativo recordar también el increíble homenaje a Stalin del importante dirigente
comunista chileno Volodia Teitelboim: "Hoy ya duerme su gloria eterna en la cámara
ardiente de la Sala de las Columnas de Moscú el camarada José Stalin. Hace apenas un
día y algunas horas que murió el amado conductor de los trabajadores del mundo, el más
grande, profundo y noble amigo de la humanidad... Ha muerto el padre y el jefe de toda la
humanidad progresista. Ha muerto, como Mayakovsky decía de Lenin, el más humano de todos
los hombres... Dio abundancia y existencia dichosa a su pueblo
Bajo la bandera de
luto, pero siempre desplegada de Stalin, los pueblos marchan por el camino más corto
hacia la segura victoria, hacia el mundo de la felicidad humana" (El Siglo, marzo de
1953).
En la década del 60, Allende aceptó servir como presidente de la Organización
Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), un organismo castrista para exportar la revolución
comunista al continente, la que había afirmado públicamente que "la revolución
armada es la única solución para los males sociales y económicos de
Latinoamérica".
Claudio Véliz, historiador y amigo personal de Allende, sostiene que los viajes de
Allende a Cuba tuvieron "una incidencia fundamental en el proyecto que pretendía
aplicar en Chile. Tras ver Cuba, Allende pensó que podía acortar el camino. Pero la
verdad es que se apartó de la tradición chilena... No cabe ninguna duda que el gobierno
de la Unidad Popular fue un desastre que nos llevó a la guerra civil" (El Mercurio,
28 de noviembre, 1999).
Allende, siendo presidente del Senado, expresó en varias ocasiones su apoyo al Movimiento
de Izquierda Revolucionaria (MIR), grupo que inició la violencia guerrillera en Chile.
Por cierto, la violencia había sido idealizada por los líderes de izquierda de Chile y
el continente por un largo tiempo.
En último término, los dirigentes marxistas chilenos no supieron resistir el embrujo de
la Revolución comunista cubana. El tirano del Caribe, Fidel Castro, se transformó en el
modelo y fueron intoxicados, como si fueran adolescentes, por la retórica y la acción
revolucionaria del Che Guevara, quien llamaba a crear "múltiples Vietnam" en
América Latina.
Una distinción fundamental que no se hizo fue aquella entre el noble objetivo de querer
cambiar el mundo para mejor y buscar hacerlo utilizando la violencia. En nuestro país
había al comenzar la década del 70 demasiada pobreza, subdesarrollo, monopolios e
injusticias de distinta naturaleza, como para que muchas personas idealistas,
especialmente jóvenes, no se declararan en estado de rebeldía y buscaran, aunque con
más pasión que rigor, un camino para crear un mundo mejor. Basta leer el "Balance
Patriótico" de Vicente Huidobro, publicado en 1925, para comprobar que no mucho
había cambiado en cincuenta años.
Lo que es aberrante es que tantos dirigentes comunistas y socialistas chilenos, de quienes
era esperable un mínimo de madurez y responsabilidad política, impulsaran, inicialmente
con su retórica incendiaria, y más tarde con sus actos de gobierno, a decenas de miles
de jóvenes al abismo y a las consecuencias-- de la violencia política.
En este contexto, es estremecedora la honesta confesión de un ex guerrillero argentino:
"Hoy puedo afirmar que por suerte no obtuvimos la victoria, porque de haber sido
así, teniendo en cuenta nuestra formación y el grado de dependencia con Cuba,
hubiéramos ahogado el continente en una barbarie generalizada. Una de nuestras consignas
era hacer de la cordillera de Los Andes la Sierra Maestra de América Latina, donde,
primero hubiéramos fusilado a los militares, después a los opositores, y luego a los
compañeros que se opusieran a nuestro autoritarismo" (Jorge Masetti, El Furor y el
Delirio, 1999).
Al borde de la guerra civil
La respuesta del Presidente Allende a la Cámara no fue la única en la que demostró su
desprecio por el Estado de Derecho. Durante 1973 la Corte Suprema le había reprochado la
vulneración de las atribuciones propias de ese cuerpo, lo que derivó en una violenta
disputa epistolar entre ellos. Por supuesto, la Unidad Popular incluso había desarrollado
la insólita teoría jurídica de los "resquicios legales", con los cuales no
sólo se había avanzado en la intervención estatal de múltiples empresas privadas de
todos los tamaños, sino que se estaba erosionando de manera fatal la necesaria confianza
pública en las instituciones fundamentales de la República.
Así, el 26 de mayo de 1973, en protesta por una negativa del gobierno a cumplir con una
decisión judicial, la Corte Suprema resolvió por unanimidad dirigirse así al Presidente
de la República: "Esta Corte Suprema se ve obligada a representar a Su Excelencia
por enésima vez la actitud ilícita de la autoridad administrativa en su interferencia
ilegal en asuntos judiciales, así como de poner obstáculos a la policía uniformada en
la ejecución de órdenes de los tribunales del crimen; órdenes que, bajo las leyes
vigentes, deben ser llevadas a cabo por dicha fuerza policial sin obstáculos de ninguna
índole; todo lo cual implica un desprecio abierto y voluntario de los fallos judiciales,
con completa ignorancia de las alteraciones que tales actitudes u omisiones producen en el
orden legal; como se representó a Su Excelencia en un despacho anterior, actitudes que
implican además no sólo una crisis en el estado de derecho, sino también el quiebre
perentorio o inminente de la legalidad de la Nación".
Allende, en un discurso público a los pocos días, respondió con una afirmación que en
cualquier país de larga tradición democrática le habría costado la inmediata
destitución de su cargo:"En un período de revolución, el poder político tiene
derecho a decidir en el último recurso si las decisiones judiciales se corresponden o no
con las altas metas y necesidades históricas de transformación de la sociedad, las que
deben tomar absoluta precedencia sobre cualquier otra consideración; en consecuencia, el
Ejecutivo tiene el derecho a decidir si lleva a cabo o no los fallos de la Justicia".
Cabe destacar que, al día siguiente del Acuerdo de la Cámara, el 23 de agosto, la
Corte Suprema adoptó otra resolución denunciando nuevamente los
intentos del gobierno de quebrar la independencia del Poder Judicial.
A mediados de 1973, el ejercicio antidemocrático del poder por parte del
Presidente Allende y sus ministros había conducido, entonces, no sólo a un abierto
conflicto constitucional entre el Presidente de la República y el Poder Legislativo, sino
también a un gravísimo choque entre este Presidente y el Poder Judicial.
A estas alturas, es conveniente precisar que, aunque la creciente crisis económica
inflación anualizada sobre 300%, racionamientos, crisis de balanza de pagos,
desempleo en aumento, desconfianzaproducía miseria y angustias generalizadas y
creaba una caja de resonancia a estos conflictos institucionales, ese no era el argumento
válido para remover al gobierno.
Como el país había llegado a ser "un campo armado", lo cual preocupaba
sobremanera a las Fuerzas Armadas, había que ser ciego para desconocer que, durante el
invierno de 1973, Chile había caído en un estado de guerra civil (James
Whelan, Desde las Cenizas).
Oscar Waiss, quien fue director del diario oficial del gobierno e íntimo amigo de
Allende, al plantear algunos escenarios posibles refleja el grado de extremismo que
primaba en algunos dirigentes de la Unidad Popular: "Había llegado el momento de
echar el fetichismo legalista por la borda; el momento de llamar a retiro a los militares
conspiradores; de destituir al Contralor General de la República; de intervenir la Corte
Suprema de Justicia y el Poder Judicial; de incautarse de El Mercurio y toda la jauría
periodística contrarrevolucionaria. Resultaba mejor dar el primer golpe, pues el que pega
primero pega dos veces" (Revista "Política Internacional" Nº 600,
Belgrado, abril de 1975).
Pese a su clara responsabilidad en la introducción de la violencia política en Chile,
parece altamente improbable que el Presidente Allende hubiese estado dispuesto a actuar
con la inmoralidad extrema de los dirigentes bolcheviques que realizaron la sangrienta
Revolución de Octubre en Rusia.
Pero, gracias a Dios, nunca podrá contestarse la pregunta: ¿Quién, dentro de la Unidad
Popular, habría sido el Lenin chileno?
Frei inclina la balanza
Salvador Allende llegó a la presidencia tras el fracaso de los gobiernos de Jorge
Alessandri (1958-1964) y de Eduardo Frei Montalva (1964-1970).
Ambos gobiernos fueron incapaces de cambiar la fallida estrategia de desarrollo, la cual
generaba un crecimiento económico tan mediocre que hacía imposible derrotar la miseria y
crear un horizonte de prosperidad para todos los chilenos, y ambos abrieron el camino para
la violación del derecho de propiedad, fundamento esencial de una sociedad libre. Esta
relación indisoluble, conceptual e histórica, entre propiedad y libertad la acaba de
demostrar Richard Pipes en su libro Property and Freedom (1999).
Oscar Godoy, Director del Instituto de Ciencia Política de la Universidad Católica,
sostiene que "la responsabilidad de los partidos de derecha en el ascenso de la
Unidad Popular al gobierno fue que no supieron defender oportunamente y con vigor las
instituciones del Estado liberal. Por ejemplo, la defensa que se hizo del derecho de
propiedad fue mínima, porque se fue cediendo sistemáticamente. Cuando la derecha tiene
la posibilidad de recuperarse, con Jorge Alessandri, se manifiesta impotente frente a la
novedad de la Democracia Cristiana y del socialismo y extrema su debilidad. Es lamentable
la escasez de hombres públicos en la derecha dispuestos a defender sus planteamientos con
el mismo vigor con que los socialistas defendían los suyos. La campaña de Jorge
Alessandri hace concesiones múltiples para ocultar la verdadera naturaleza del proyecto
liberal. En ese tiempo existía temor a expresar las palabras mercado, competencia,
individualismo, etc. Entonces hace una claudicación que la hace muy débil" (La
Epoca, 4 de septiembre de 1995).
El debilitamiento del derecho de propiedad en Chile comenzó, en efecto, con la reforma
constitucional propiciada por el gobierno del Presidente Alessandri con el fin de iniciar
la Reforma Agraria. Fueron proféticas, aunque desestimadas, las advertencias del ex
presidente de la Sociedad Nacional de Agricultura, Recaredo Ossa: "La ruptura de
estas garantías constitucionales respecto de la agricultura es sólo el comienzo de la
quiebra de nuestro sistema democrático. Lo que hoy se hace contra esta rama de la
producción no tiene por qué no hacerse mañana contra la propiedad urbana, la minería
grande, mediana o pequeña, el comercio y todos los bienes particulares. Decimos más: la
Reforma Constitucional es la experiencia piloto en materia de abolición del derecho de
propiedad. Introducida esta cuña, que algunos miran tan desaprensivamente, el hueco se
convertirá en inmensa grieta por donde desaparecerá la propiedad entera" (Esta
intervención radial fue reproducida por El Mercurio el 6 de enero de 1962).
El gobierno Frei profundizó este camino, incurriendo además en dos otros graves errores
de políticas públicas. Primero, fue débil ante el surgimiento de la violencia
política, y fue especialmente grave que no reaccionara con vigor en defensa de la
democracia y el estado de derecho cuando el Partido Socialista se declaró partidario de
la vía armada en su Congreso de Chillán en 1967. Segundo, la Reforma Agraria del
gobierno Frei multiplicó varias veces la violación del derecho de propiedad al
expropiarse miles de propiedades agrícolas sin una justa compensación. Además, su
gobierno permitió la proliferación de las "tomas" de propiedades ajenas por
grupos de agitadores. Al gobierno de Frei le "tomaron" todo: universidades,
municipalidades, centenares de predios agrícolas, sitios eriazos, carreteras, industrias,
un cuartel militar, y hasta la Catedral de Santiago. En ese ambiente no fue de extrañar
que los partidos de izquierda sintieran factible "tomarse" el poder total.
Fracasados los gobiernos de "derecha" y "centro" de Alessandri y Frei,
y no existiendo, como hemos visto, una "izquierda" democrática, la conclusión
era predecible. En agosto de 1965, el mismo Frei había dicho "Si mi gobierno falla,
tendremos un gobierno de la extrema izquierda" (Leonard Gross, The Last, Best Hope,
1967).
Lo que resultó tan impredecible como extraordinario, fue que una figura política tan
temerosa de aparecer como "anticomunista", como Eduardo Frei Montalva, decidiera
ante la encrucijada en que lo colocó la Historia, jugarse entero para salvar a Chile de
caer en una dictadura marxista.
Frei vivía bajo el peso de la durísima acusación que se le hizo a fines de los sesenta
de que, si le entregaba el gobierno a Allende, pasaría a la Historia como el
"Kerensky chileno". Sin embargo, decide permanecer en Chile durante este
período, en circunstancias de que su ex ministro del Interior y heredero político,
Edmundo Pérez Zujovic, es asesinado en 1971 por terroristas de izquierda, lo que hacía
evidente que también su propia vida corría alto peligro. Ello contrasta con la actitud
de Alexander Kerensky, quien escapa de San Petersburgo y muere en Nueva York (precisamente
en 1970, año en que Frei entrega el poder a Allende) escribiendo libros sobre cómo fue
incapaz de evitar que una banda de audaces bolcheviques se tomara Rusia por la fuerza.
Frei tiene que haber sabido que su postura sería criticada no sólo por sus adversarios,
sino que incluso por muchos de sus amigos, como efectivamente lo hizo su ex Ministro del
Interior, Bernardo Leighton, quien atribuiría esta actitud a "un verdadero peso de
conciencia por el triunfo de la Unidad Popular, que vi caer sobre tu espíritu,
abrumándolo, en los días posteriores a la elección de Salvador Allende" (Carta a
Frei, 26 de junio, 1975).
Frei retornó a la arena política contingente presentándose en las elecciones
parlamentarias de marzo de 1973 como candidato a senador por Santiago, y una vez elegido
aceptó la presidencia del Senado, transformándose, por lo tanto, en el adversario
principal de Allende.
Su muy cercano colaborador, el senador DC Patricio Aylwin, había presentado, el 12 de
mayo de 1973, una moción en la Asamblea General de la DC, la cual fue aprobada, en la que
se acusaba al gobierno de Allende de buscar establecer en Chile una "tiranía
comunista". Posteriormente, Aylwin revisa el proyecto de Acuerdo, redacta sus
conclusiones, y, sin duda tras obtener el asentimiento de Frei (presidente del senado y
líder indiscutido de la DC), le transmite a Orrego la aprobación final. Más aún, es
Aylwin quien le replica públicamente a Allende tras la respuesta de este al Acuerdo.
Por cierto, los dirigentes del Partido Nacional, encabezados por un valiente y combativo
presidente, Sergio Onofre Jarpa, habían denunciado desde muy temprano el creciente
alejamiento de la legalidad del gobierno de la Unidad Popular.
Sin embargo, es lógico afirmar que lo que inclinó la balanza, tanto en la ciudadanía
como en los mandos militares, fue la postura que Eduardo Frei asumió, con inusitada
fuerza, en esos meses cruciales de 1973. Como Presidente del Senado, era el líder con
mayor poder de convocatoria de la oposición y era también el dirigente chileno que, de
lejos, tenía el mayor prestigio internacional. Desde ya, el Times de Londres lo había
calificado como "la personalidad política más importante de América Latina".
Existen testimonios de que en algún momento, Frei llegó al convencimiento de que sólo
las Fuerzas Armadas podían impedir que Chile se transformara en una segunda Cuba.
En la significativa "Acta Rivera", se describe una reunión el 6 de julio de
1973 entre Frei y la directiva de la Sociedad de Fomento Fabril, la máxima entidad
gremial que agrupaba a los industriales chilenos. En ella estos dirigentes le plantean que
"el país estaba desintegrándose y que si no se adoptaban urgentes medidas
rectificatorias fatalmente se caería en una cruenta dictadura marxista, a la
cubana".
La respuesta de Eduardo Frei es reveladora: "Nada puedo hacer yo, ni el Congreso ni
ningún civil. Desgraciadamente, este problema sólo se arregla con fusiles... les
aconsejo plantear crudamente sus aprensiones, las que comparto plenamente, a los
comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas, ojalá hoy mismo".
El testimonio más extenso de Frei en esta materia es su carta del 8 de noviembre de 1973 al
Presidente de la Democracia Cristiana Internacional, el político italiano Mariano Rumor.
Allí Frei reitera las acusaciones que antes había hecho el Acuerdo de la Cámara:
"Trataron de manera implacable de imponer un modelo de sociedad inspirado claramente
en el Marxismo Leninismo. Para lograrlo aplicaron torcidamente las leyes o las
atropellaron abiertamente, desconociendo a los Tribunales de Justicia... En esta tentativa
de dominación llegaron a plantear la sustitución del Congreso por una Asamblea Popular y
la creación de Tribunales Populares, algunos de los cuales llegaron a funcionar, como fue
denunciado públicamente. Pretendieron asimismo transformar todo el sistema educacional,
basado en un proceso de concientización marxista. Estas tentativas fueron vigorosamente
rechazadas no sólo por los partidos políticos democráticos, sino por sindicatos y
organizaciones de base de toda índole, y en cuanto a la educación ella significó la
protesta de la Iglesia Católica y de todas las confesiones protestantes que hicieron
públicamente su oposición. Frente a estos hechos naturalmente la Democracia Cristiana no
podía permanecer en silencio. Era su deber y lo cumplió-- denunciar esta tentativa
totalitaria que se presentó siempre con una máscara democrática para ganar tiempo y
encubrir sus verdaderos objetivos".
Frei también comprendió que un Chile comunista habría apuntado, como una larga espada,
al corazón de una vulnerable América Latina. Frei le dice a Rumor que "la caída de
Allende ha sido un retroceso para el comunismo mundial. La combinación de Cuba con Chile,
con sus 4.500 kms. de costa en el Océano Pacífico y su influencia intelectual y
política en América Latina, fue un paso decisivo en el intento de control del
hemisferio. Eso explica esa violenta y exagerada reacción. Chile iba a ser una base de
operaciones para todo el continente".
Esta perspectiva es confirmada por Brian Crozier, fundador del London's Institute for the
Study of Conflict: "Durante sus tres años en el poder, Allende transformó su país,
de hecho, en un satélite cubano, y por lo tanto una adición incipiente al Imperio
Soviético... para entonces Chile podía ser francamente descrito como un estado marxista
en términos ideológicos y económicos... desde una perspectiva estratégica, se le
había transformado en una importante base para operaciones subversivas soviéticas y
cubanas, incluyendo el terrorismo para toda América Latina... la KGB soviética estaba
reclutando miembros para cursos de entrenamiento en terrorismo... especialistas de Corea
del Norte estaban enseñando a miembros jóvenes del Partido Socialista de Allende".
(The Rise and Fall of the Soviet Empire, 1999).
En una conversación
con un periodista del diario español ABC, publicada el 10 de octubre de 1973, Frei ya
había hecho juicios durísimos contra la Unidad Popular y justificado plenamente la
intervención militar: "El país no tiene más salida salvadora que el gobierno de
los militares"; "El mundo no sabe que el marxismo chileno disponía de un
armamento superior en número y calidad al del Ejército"; "Los militares fueron
llamados, y cumplieron una obligación legal, porque el poder ejecutivo y el judicial, el
Congreso y la Corte Suprema habían denunciado públicamente que la presidencia y su
régimen quebrantaban la Constitución"; "La guerra civil estaba preparada por
los marxistas"; "Es alarmante que en Europa no se enteren de la realidad:
Allende dejó la nación destruida".
Posteriormente Frei realizó una declaración pública en que reconoce haber hablado con
el periodista Luis Calvo del ABC, pero en la que señala que la entrevista no reflejó
exactamente sus palabras, sin aclarar cuáles fueron esas imprecisiones. Más tarde, en la
carta citada a Leighton, Frei se refiere específicamente a que no hizo la durísima
descripción de Allende que allí se le atribuye (y que por eso no se reproduce aquí),
pero no desmiente el resto. Leighton le acepta esa retracción sobre Allende, pero le dice
que los demás juicios son los mismos que le escuchó decir de manera consistente por
años.
Un tercer texto clave de Frei es el prólogo que escribe en el libro --de elocuente
título-- del cientista político DC Genaro Arraigada, De la Vía Chilena a la Vía
Insurreccional (1974). Allí Frei sostiene planteamientos similares a aquellos contenidos
en la carta a Rumor y como epígrafe de su prólogo, Frei elige esta advertencia de
Píndaro: "Fácil es, incluso para el más débil, destruir una ciudad hasta sus
cimientos; pero es, en cambio, muy dura empresa levantarla de nuevo".
No deja de ser asombroso que en ese mismo 1973 en que se extendía el certificado de
defunción de la democracia chilena y morían muchos de los nobles sueños de los
fundadores del PDC, también fallecía en Francia Jacques Maritain, el filósofo-político
francés que tanto admiraba Eduardo Frei y a quien había visitado en su lecho de enfermo
en su exitosa gira a Europa de 1965.
Las Fuerzas Armadas obedecen
En la madrugada del martes 11 de septiembre de 1973, 18 días después de que los
ministros militares recibieran formalmente el Acuerdo de la Cámara de Diputados, las
Fuerzas Armadas chilenas iniciaron en todo el territorio un operativo militar para cumplir
el mandato parlamentario.
Así lo entendió el historiador Richard Pipes, profesor de la Universidad de Harvard,
quien ha sostenido que, con el Acuerdo, "la Cámara le solicitó a las Fuerzas
Armadas que restauraran las leyes del país. Obedeciendo este mandato, a los 18 días los
militares chilenos, liderados por el general Augusto Pinochet, removieron por la fuerza a
Allende de su cargo" (Communism. A Brief Story, 2001).
El 13 de septiembre de 1973, la influyente revista de opinión británica, The Economist,
publicó un editorial titulado "El fin de Allende", cuyo contenido es tan revelador que
merece ser analizado íntegramente.
La revista es clarísima en asignar la responsabilidad por la ruptura ocurrida dos días
antes: "La muerte transitoria de la democracia en Chile será lamentable, pero la
responsabilidad directa pertenece claramente al Dr. Allende y a aquellos de sus seguidores
que constantemente atropellaron la Constitución".
El editorial incluso va más allá y le asigna a Allende la responsabilidad por la
violencia posterior: "La batalla parece apenas haber comenzado. Con la mayoría de
los canales de comunicación de Chile con el mundo exterior aún restringidos, es difícil
tener una idea más completa de la violencia que aparentemente continúa. Pero si una
sangrienta guerra civil comenzara, o si los generales que ahora controlan el poder deciden
no llamar a nuevas elecciones, no habrá duda alguna respecto de quien tiene la
responsabilidad por la tragedia de Chile. La responsabilidad es del Dr. Allende y de
aquellos en los partidos marxistas que aplicaron una estrategia para controlar el poder
total, al punto que la oposición perdió las esperanzas de controlarlos por medios
constitucionales".
La explicación que hace la revista británica de la situación en Chile podría haberla
firmado cualquiera de los diputados que aprobó el Acuerdo: "Lo que ocurrió en
Santiago no es un golpe típicamente latinoamericano. Las fuerzas armadas toleraron al Dr.
Allende por casi tres años. En ese período, él se las ingenió para hundir al país en
la peor crisis social y económica de su historia moderna. La expropiación de campos y
empresas privadas provocó una alarmante caída en la producción, y las pérdidas de las
empresas estatales, según cifras oficiales, superaron los $1.000 millones de dólares. La
inflación alcanzó a 350% en los últimos 12 meses. Los pequeños empresarios quebraron;
los funcionarios públicos y trabajadores especializados sufrieron la casi desaparición
de sus sueldos por causa de la inflación; las dueñas de casa tenían que hacer
interminables colas para obtener alimentos esenciales, y si es que encontraban. La
creciente desesperación originó el enorme movimiento huelguístico que los camioneros
iniciaron hace seis semanas. Pero el gobierno de Allende fue más allá de la destrucción
de la economía. Violó la letra y el espíritu de la Constitución. La forma en que
sobrepasó duramente al Congreso y a los Tribunales de Justicia debilitó la fe en las
instituciones democráticas del país".
The Economist fue de los escasísimos medios extranjeros que mencionaron entonces el
crucial Acuerdo del 22 de agosto: "El mes pasado, una resolución aprobada por la
mayoría opositora en el Congreso señalaba que "el gobierno no es responsable sólo
por violaciones aisladas de la Constitución y la ley; ha convertido tales violaciones en
un método permanente de conducta".
Para la revista británica el detonante para el golpe "fueron los esfuerzos de los
extremistas de izquierda para promover la subversión dentro de las fuerzas armadas. El
señor Carlos Altamirano, ex secretario general del partido socialista, y el señor Oscar
Garretón del Movimiento de Acción Popular Unitaria, ambos líderes de la Unidad Popular
de Allende, fueron señalados por la Armada como los autores intelectuales del plan de
amotinamiento de los marinos en Valparaíso... El sentimiento de que el Parlamento era ya
irrelevante aumentó por la violencia en las calles y por la forma en que el gobierno
toleró el surgimiento de grupos armados de extrema izquierda que se estaban preparando de
manera abierta para la guerra civil".
The Economist justifica plenamente la intervención militar cuando sostiene que "las
fuerzas armadas intervinieron sólo cuando estuvo claramente establecido que existía un
mandato popular para la intervención militar. Las Fuerzas Armadas tuvieron que intervenir
porque fallaron todos los medios constitucionales para frenar a un gobierno que se
comportaba de modo inconstitucional", y realiza una importante precisión: "El
General Pinochet y los oficiales que lo acompañan no son peones de nadie. Su golpe fue
preparado en casa, y los intentos por hacer creer que los norteamericanos estaban
implicados son absurdos, especialmente para quienes conocen la cautela norteamericana en
sus recientes tratativas con Chile".
The Economist adelanta, primero, que la tarea de reconstrucción será difícil y que
habrá excesos e injusticias: "Cualquiera sea el gobierno que surja del golpe
militar, no se pueden esperar tiempos fáciles. También aquellos que sufrieron bajo el
gobierno de Allende sentirán la tentación de ajustar cuentas con el bando
derrotado". Segundo, anticipa la colaboración militar con economistas civiles al
adelantar: "El gobierno militar-tecnocrático que está aparentemente tomando forma
intentará reconstruir el tejido social que el gobierno de Allende destruyó". Y
concluye con un lamento y una verdad: "Esto significará la muerte transitoria de la
democracia en Chile, lo cual será deplorable, pero no debe ser olvidado quien lo hizo
inevitable".
El desenlace natural
Alexander Solzhenytsin, el gran escritor e intelectual ruso que denunció el horror de los
campos de concentración en la Unión Soviética, afirmó que "el comunismo sólo se
detiene cuando encuentra una muralla".
A medida que el gobierno de la Unidad Popular fue restringiendo las libertades
económicas, sociales y políticas con el propósito de hacer su revolución marxista,
surgió, desde los más diversos ámbitos de la sociedad chilena, una fuerte resistencia
civil que se transformó pronto en una avalancha de protestas, manifestaciones, huelgas y
denuncias.
Al final fue esta presión de la civilidad la que empujó a los partidos políticos de
oposición a la aprobación del Acuerdo de la Cámara de Diputados, y después a las
Fuerzas Armadas a obedecer el llamado del Acuerdo y remover por la fuerza al presidente
que estaba violando "sistemáticamente la Constitución de la República.
La resistencia civil generalizada que concluyó con el Acuerdo de la Cámara de Diputados
fue "la muralla" con la que se encontró el comunismo en Chile. Este Acuerdo,
entonces, constituye la partida de defunción del gobierno del Presidente Allende y el
certificado de bautismo del gobierno del Presidente Pinochet.
Como afirmó uno de los hombres claves detrás del Acuerdo y entonces Presidente de la
Democracia Cristiana, Patricio Aylwin: "El gobierno de Allende había agotado, en el
mayor fracaso, la vía chilena hacia el socialismo y se aprestaba a consumar un autogolpe
para instaurar por la fuerza la dictadura comunista. Chile estuvo al borde del 'Golpe de
Praga', que habría sido tremendamente sangriento, y las Fuerzas Armadas no hicieron sino
adelantarse a ese riesgo inminente" (El Mercurio, 17 de septiembre de 1973).
No fue una afirmación aislada del futuro Presidente de Chile. Un mes después, Aylwin
ratificó su pensamiento así: "La verdad es que la acción de las Fuerzas Armadas y
del Cuerpo de Carabineros no vino a ser sino una medida preventiva que se anticipó a un
autogolpe de Estado, que con la ayuda de las milicias armadas con enorme poder militar de
que disponía el Gobierno y con la colaboración de no menos de diez mil extranjeros que
había en este país, pretendían o habrían consumado una dictadura comunista" (La
Prensa, 19 de octubre de 1973). Incluso dió una entrevista
a Televisión Española en la cual, con inusitada fuerza y
claridad, reitera su total aprobación a los hechos del 11 de
Sepytiembre de 1973.
Es imposible, a la luz de todos estos antecedentes, no concluir que la intervención
militar fue el resultado de una rebelión civil ante una tiranía. Ella fue legítima e
inevitable, pues, como ha sostenido Vaclav Havel, un hombre que sufrió por varias
décadas la dictadura comunista en su país, "el mal debe ser confrontado en su cuna
y, si no hay ninguna otra manera de hacerlo, entonces tiene que hacerse con el uso de la
fuerza" (New Yorker, 6 de enero, 2003).
Resumen y conclusiones
Los hechos demuestran entonces que:
a) El Presidente Salvador Allende fue el responsable de su propia caída, pues cometió un suicidio político al declararse en
rebelión contra la Constitución de la República.
b) Estas acciones del gobierno de la Unidad Popular generaron una masiva y valiente resistencia civil, la cual se expresó de múltiples
maneras, y fue ella la que concluyó impulsando a las dirigencias políticas a enfrentar frontalmente al Presidente Allende y exigir su
remoción.
c) El ex Presidente de la República, Eduardo Frei Montalva, fue el líder determinante en el Acuerdo de la Cámara de Diputados que acusó
al Presidente Allende de haber cometido veinte violaciones a la Constitución y que concluyó con un llamado desesperado a la intervención
de las Fuerzas Armadas.
d) Las Fuerzas Armadas, al remover al gobierno socialista-comunista de la Unidad Popular, no realizaron un típico
"golpe de estado" latinoamericano, sino que obedecieron un mandato moral
y político de la Cámara de Diputados, un brazo del mismo Congreso que en
1970 había elegido Presidente a Salvador Allende.
Algo sorprendente sucedió en esa fría noche del 22 de agosto de 1973 inmediatamente después de terminada la votación del
Acuerdo. Algunos diputados de la oposición comenzaron a cantar la Canción Nacional. Y ese gesto comenzó a ser imitado por otros hasta que
al final toda la Cámara estaba de pie entonando el himno patrio.
En ese amor a Chile, compartido por todos, sobrevivía la esperanza
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POST SCRIPTUM.
He escrito
este ensayo como una contribución a la causa de que nunca más se quiebre la democracia
en Chile, para lo cual estimo imprescindible conocer las razones que la destruyeron y
concordar hacia el futuro tres principios fundamentales para una convivencia cívica
pacífica:
a) Bajo ninguna circunstancia, con ninguna justificación, y en ninguna forma,
un grupo debe propugnar, y mucho menos iniciar, la violencia como mecanismo de cambio
económico, social o político bajo un régimen democrático;
b) Iniciada la violencia por
algún sector, ella debe ser atajada de inmediato por el gobierno de ese
momento, dentro
de la ley pero aplicando toda la fuerza de la ley; y,
c) El rechazo a los que propician y
ejercen la violencia, y el apoyo al gobierno que la combate con mano firme, debe contar
con el respaldo unánime y decidido de la sociedad política y de la sociedad civil.
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