Ronald Reagan fue un gran presidente de los Estados Unidos. Quiero destacar tres de
sus convicciones y actos:
a) Su confianza genuina en la gente. Ella fue el fundamento de su entusiasta fe en
el libre mercado, la empresa privada, el gobierno limitado y la sociedad libre;
b) Su nobleza de espíritu. Todo hombre público enfrenta la encrucijada de ganar
apoyo popular apelando ya sea a las zonas oscuras del hombre (la envidia, el
resentimiento, el miedo, la revancha) o a lo mejor del ser humano (la esperanza en un
mundo mejor, la racionalidad, el esfuerzo propio, la generosidad). El camino fácil es el
primero, pero el camino que hace el bien es el segundo. Reagan lo tenía clarísimo y lo
dijo así: "I appeal to your best hopes, not to your worst fears, to your confidence
rather than your doubts";
c) Su capacidad de distinguir el bien del mal y actuar en consecuencia. Ser buena
persona no significa, como algunos creen, no tener posturas firmes frente a temas
cruciales. Reagan denominó a la Unión Soviética "el imperio del mal" porque
comprobó que el comunismo, más allá de sus equivocaciones económicas, sociales y
políticas, era un atentado a lo más esencial del espíritu humano.
Al compartir esta postura con SS Juan Pablo II, ambos se convirtieron en los
verdaderos ganadores de la Guerra Fría. Reagan perdió la oportunidad de haber utilizado
su popularidad y carisma para realizar reformas estructurales que hubieran reducido el
exagerado tamaño del gobierno en los EE.UU., que tanto se expandió desde el "New
Deal" de Roosevelt, la Segunda Guerra Mundial, y la "Gran Sociedad" de
Johnson. Esa fue la gran omisión de su presidencia.
Recuerdo que en Enero de 1981, recién nombrado Ministro de Minería, recibí la
visita en mi oficina del ex Secretario del Tesoro (y futuro Secretario de Estado) George
Shultz. Estaba de gira por América latina en su calidad de Presidente del Directorio de
la gran empresa de ingeniería y proyectos, Bechtel Corporation. Después de la reunión
con él y su amplia delegación en la cual le expliqué nuestros planes para abrir la
minería chilena a la exploración y explotación privada, me pidió una reunión a solas.
Entonces me contó que en esos momentos estaba ayudando al Presidente Electo Reagan y me
pidió que le explicara a fondo la Reforma Previsional Chilena que había sido aprobada
sólo dos meses antes. Conversamos largo y quedo tan entusiasmado con la idea que me
pidió si podía preparar un memorandum de sólo una página para entregarselo a Reagan
(era sabido que así le gustaban y los leía si venían con esa extensión). Trabajé
intensamente esa noche (toma mucho tiempo escribir corto) y al día siguiente se lo
envíe, lo que me agradeció mucho. Pero Reagan no se atrevió con el llamado "tercer
riel" de la política norteamericana (se le dice así al programa de pensiones
estatal--el "Social Security"--en alusión al riel central del Metro que lleva
electricidad; quien lo toca, muere).
No tuve el honor de conocer a Ronald Reagan, pero compartimos el día más
importante en nuestras vidas públicas: el 4 de Noviembre de 1980. Ese día se firmó,
tras una larga y difícil batalla, la Reforma Previsional que creó el sistema de AFPs en
Chile, y ese mismo día Reagan fue elegido, por primera vez, Presidente de los Estados
Unidos. Recordé esa notable coincidencia en el libro de visitas cuando el 24 de marzo del
2001 fui invitado a visitar su refugio en Santa Bárbara, el "Rancho del Cielo".
Para aquellos lectores interesados, recomiendo dos libros:
a) La autobiografía de Reagan, "An American Life" (1990), con esa
maravillosa dedicatoria: "To Nancy. She will always be my First Lady. I cannot
imagine life without her";y,
b) La biografía de Dinesh D'Souza, "Ronald Reagan. How an ordinary man became
an extraordinary leader" (1997).
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