"Un
viejo problema planteado en términos nuevos"
Voy a hacer dos advertencias previas.
Mi participación en el lanzamiento del libro de mi sobrino José Piñera no compromete,
por cierto, al Episcopado o a la Iglesia Chilena. Soy un Obispo jubilado, al margen de
toda responsabilidad que no sea la de mi propia conciencia.
Tampoco compromete a mi familia. El pluralismo que se da en ella no impide un gran afecto
mutuo; pero hace imposible la existencia de un portavoz único. A lo más compromete mi
amistad por José que se agrega a nuestra relación de tío y sobrino.
Estoy aquí porque el autor me lo ha pedido y estoy contento de que me lo haya pedido.
Hace ya muchos años, leí un libro apasionante. En él, James Watson, un joven
investigador norteamericano, narra las circunstancias que rodearon el descubrimiento, por
él y por el inglés Francis Crick, de la estructura del ADN, la molécula portadora de la
información genética, descubrimiento que les mereció un Premio Nobel en 1962. Doce
años después, el joven científico, --tenía 23 años cuando hizo el descubrimiento--,
revive con íntima satisfacción la gesta en que participó y nos contagia con su
incontenible entusiasmo.
También doce años después, José Piñera revive su entrada al Ministerio del Trabajo,
en 1978, y la gestación de su Plan Laboral. Su libro narra esta gesta en un estilo ágil
y ameno, con fría lógica y también con calor humano y cierto sentido del humor, que me
han recordado la obra de Watson: en ambos libros, dos jóvenes talentosos y decididos
reviven con entusiasmo contagioso la primera gran aventura de su vida.
He leído este libro, sin prejuicios, con la mayor imparcialidad que me fuera posible. Sin
duda, uno tiende a dejarse impresionar favorablemente por el punto de vista de un pariente
que es un amigo. Pero, a lo largo de mi dilatada vida de Pastor, he estado siempre más
cerca del trabajador que del empleador, --por considerarlo más débil y necesitado--, y
un intenso anhelo de ver crecer a los más pobres y de verlos participar plenamente del
desarrollo económico, social y cultural, me han hecho, como por instinto o por tradición
cultural, tener reservas sobre las posturas llamadas liberales o
capitalistas, a las que se reprocha a menudo el permitir grandes e
intolerables desigualdades.
Esta situación no me impide hacer algunas reflexiones. Serán cinco.
1. Mi primera reflexión es que es bueno escribir la historia. Es bueno recordar las
circunstancias en medio de las cuales uno actuó. Es bueno decir las razones por las
cuales se tomó tal o cual medida. Esto lo ha hecho el autor en un estilo directo que
quiere ser objetivo, casi impasible, y que logra convencernos de la coherencia interna de
su pensamiento y de su actuar, y de la funcionalidad de ambos con una opción económica
que era entonces --y sigue siendo en gran parte-- la vigente, la oficial.
2. Una segunda reflexión es ésta: Es bueno también conocer el pensamiento de los demás
y tratar de entenderlo, de aceptarlo en todo lo que sea posible. No hay peores peleas que
las peleas de ciegos y de sordos; que no ven pero pegan donde caiga; que no oyen, pero
gritan sin tampoco hacerse oír. A través de las páginas de este relato, se adivina un
esfuerzo de diálogo, un esfuerzo por entender las tesis opuestas y explicar la tesis
propia. Y eso me parece muy sano.
Los economistas no suelen ser sociólogos, ni sicólogos, ni políticos --al menos en uno
de los sentidos de la palabra político. Este libro es escrito por un
economista, con lógica, con claridad, con precisión casi matemática. Pero se advierte
un esfuerzo sincero por entender las mentalidades de nuestros dirigentes sindicales, sus
tradiciones y costumbres, también las cicatrices dejadas en ellos por tantas batallas,
tal vez mal dadas, pero que costaron sudor y lágrimas y, no pocas veces,
también sangre. El diálogo de la razón y del sentimiento sigue vigente en
nuestro mundo, por racionalista que se quiera. El corazón sigue teniendo razones
que la razón no conoce como decía Pascal.
3. Hay algo más en este libro, o mejor dicho en los planteamientos que en él se
exponen y que datan de doce años atrás: es la novedad. Y esta será mi tercera
reflexión: agrada ver un viejo problema planteado en términos nuevos. En un comienzo uno
duda; espera descubrir el punto débil, la incoherencia, posiblemente el error. Y uno
sigue leyendo y la lógica interna de los planteamientos, la coherencia del desarrollo lo
van influenciando. Tal vez uno no se rinda a la primera lectura; pero se siente más
libre, al ver sacudir planteamientos que uno creía indiscutibles, porque no se
discutían; definitivos, porque se habían hecho rutinarios; y bienhechores, porque se les
tuvo siempre por tales. Es bueno dudar de las propias convicciones, abrirse a otros puntos
de vista, explorar nuevos caminos, ensayar nuevas fórmulas, familiarizarse con ideas
diferentes de las usuales. Para los hombres de mi generación y de mi cultura, el
contenido de este libro es nuevo y, por eso mismo, apasionante.
4. Una cuarta reflexión es ésta: el libro de José Piñera es la historia de un
proceso en que se entremezclan, desde la primera a la última página, el pensamiento y la
acción: un pensamiento que quiere ser frío; y una acción que, al parecer, fue cálida,
a ratos al rojo vivo, que exigió un esfuerzo duro, tenaz, entusiasta y persuasivo, que
alternativas a veces dramáticas. Este sincronismo del cerebro que piensa, de la mano que
escribe, de la boca que explica y de un gran trozo de vida joven puesto en la batalla, es
uno de los rasgos que me han parecido más interesante en este relato, que uno no sabe si
calificar de sereno o de apasionado porque es ambas cosas a la vez.
5. Y esta es mi quinta y última reflexión: por importante que sea este libro, no dice,
evidentemente, la última palabra. Primero porque no existe, aquí en este mundo, una
última palabra. Luego, porque José Piñera es hombre que sigue buscando, observando,
estudiando, reflexionando y, el mismo lo dice, soñando. Y, finalmente, porque la
humanidad también sigue soñando con un ideal de solidaridad y de paz; quiere reencontrar
el sentido de la vida, la paz del corazón y la alegría de vivir. Y esto requerirá
muchas reformas más y muchos esfuerzos más. Confío en que José, que tiene la vida por
delante, seguirá buscando y ayudándonos a todos los chilenos a seguir avanzando en la
buena dirección.
Me alegro de que este libro haya sido escrito. A los que lo lean con prejuicios, a
favor o en contra, su lectura les hará bien, los hará más libres. Y a todos los que lo
lean, aún sin prejuicio alguno, --si es que esto es posible--. les dará además el
agrado de una lectura clara y amena, de un estilo terso y vigoroso, de un pensamiento
coherente y seguro y, sobre todo, de un testimonio valiente y sincero.
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