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Por José Piñera
[22 de octubre, 1998]
La actual crisis en Asia ha inducido a algunas personas a creer que nunca hubo un despegue
asiático. Sin embargo, incluso después de la aguda recesión de este año, el PIB per
cápita, al final de 1998, de Japón y los cuatro tigres (Singapur, Corea del Sur, Taiwán
y Hong Kong) será todavía cuatro veces mayor que el que tenían en 1960. El
extraordinario crecimiento económico de Asia no fue un milagro en el sentido de que lo
generó alguna fuerza misteriosa o ajena a este mundo. Fue, por el contrario, el resultado
de introducir en países con un PIB potencial mayor que el actual, algunos grados de
libertad económica.
Pero se cometió un grave error en el proceso: intentar una tercera vía entre el
capitalismo democrático y el colectivismo socialista. Esta peligrosa y errónea idea
originó los problemas estructurales que estallaron en la crisis actual. La tercera vía
asiática consistía en dos terceras vías estrechamente conectadas: una a mitad de camino
entre el libre mercado y el socialismo; y otra entre el imperio de la ley y las dictaduras
totalitarias.
Las llamadas "políticas industriales" orientadas a la exportación eran el
elemento clave en la definición de la tercera vía en Asia. Es verdad que la debilidad
del sector bancario fue lo que terminó originando la actual crisis financiera. Pero el
nudo del asunto consiste en averiguar precisamente porqué hubo una intervención
gubernamental tan fuerte en la definición de los criterios a la hora de conceder
créditos y tal debilidad en la supervisión bancaria. Las opacas e incestuosas relaciones
entre bancos, conglomerados industriales y gobiernos eran una vía para eludir la
disciplina del mercado y favorecer intereses especiales muy concretos.
Las "políticas industriales" eran una expresión para designar la creación de
riqueza a través del dirigismo económico, antes que por la competencia del mercado. Las
restricciones a la inversión extranjera fueron diseñadas para proteger las estructuras
oligopolísticas del sector privado y el dinero de aquellas industrias que un grupo de
supuestamente visionarios funcionarios del gobierno decidieron que tenían "ventajas
comparativas dinámicas". En Japón ellos estaban en el legendario MITI; en Corea en
los ministerios planificadores y los chaebol; en Indonesia eran los funcionarios
tecnócratas.
Pero no se puede mantener permanentemente un sistema de libertad de empresa con un entorno
político autoritario. Si en un país no existe el imperio de la ley, una prensa libre y
responsabilidad política, tarde o temprano los grupos con intereses propios- ya sean de
hombres de negocios, sindicalistas o políticos- comienzan a desvirtuar el sistema en
beneficio propio. Sustituir el dirigismo por el mercado, introdujo importantes
distorsiones que redujeron el crecimiento de la productividad, crearon o destruyeron
riqueza por decisión del gobierno, y produjeron intolerables injusticias.
De aquí puede extraerse una importante lección para China. Creo que hay allí fuerzas
muy poderosas trabajando por la liberalización política y económica.. Entre ellas
figuran las políticas liberalizadoras de Denx Xiao Ping, las enormes inversiones
extranjeras (especialmente aquellas de la comunidad china en el exterior), el impacto de
250.000 estudiantes chinos educados en Estados Unidos en los últimos 20 años, el
incremento de los lazos con el mundo libre y, finalmente, la incorporación de esa
ciudadela del capitalismo que ha ha sido Hong Kong. Pero existe una competencia entre
estas fuerzas y otras que intentan utilizar la limitada libertad económica en su provecho
a través del uso del poder político. La debilidad en el sector bancario, las graves
ineficiencias en las empresas públicas, y la creciente corrupción pueden transformar
China en algo más parecido a Indonesia que a Singapur.
La salida de la crisis asiática exige abandonar la tercera vía---tanto en su dimensión
politica como económica--e introducir más libertad de mercado, más derechos civiles y
más responsabilidad democrática. Los controles de capital no son la respuesta. El mundo
(incluyendo los países emergentes de Asia) necesita la integración de los mercados de
capital para canalizar el ahorro desde las economías desarrolladas a aquellas con
proyectos que pueden generar mayores rentabilidades. Las economías asiáticas necesitan
abrirse más a la inversión extranjera directa, descartar los límites que regulan la
propiedad de las empresas, y eliminar las restricciones a la entrada de bancos extranjeros
y otras instituciones financieras. Como ha subrayado The Economist, Chile, supuestamente
el país modelo en controles de capital, no limita la entrada de bancos extranjeros. La
participación extranjera en el sector ronda el 20%. Por el contrario, en Corea y
Tailandia, a mediados de los 90, los bancos en manos foráneas gestionaban aproximadamente
el 5% de los préstamos.
El desafío verdadero es una apropiada supervisión bancaria, especialmente de la deuda a
corto plazo en monedas diferentes a la del prestamista. Hace falta una vigilancia estrecha
y unas reglas bien diseñadas. Pero esto no es abogar por los controles de capital. La
inversión de cartera es necesaria, incluso a corto plazo.
El proteccionismo es también una respuesta errónea, una de las medidas que agravó la
depresión de los años 30. La apertura unilateral al libre comercio es una de mejores
maneras de incrementar la competencia, la productividad y, en último término, la tasa de
crecimiento. La experiencia de Chile es elocuente en este sentido.
En Asia los "Central Provident Funds" constituyeron un avance con respecto a los
sistemas de pensiones de reparto. Pero la asignación del capital se encomendó al
gobierno en lugar de a empresas privadas que compitieran en un mercado transparente. Más
que un exceso de inversión lo que Asia sufrió fue una crisis de mala inversión, como
sucede siempre que se sustituye el mercado por la política en la asignación de los
escasos recursos de capital. Ahora es necesario descentralizar la gestión de los fondos
de pensiones.
Para los países latinoamericanos, la crisis asiática debería confirmar la importancia
de una estrategia coherente de libre mercado y la necesidad de hacer valer el imperio de
la ley, un gobierno honesto y las libertades democráticas. Aquellos países
latinoamericanos que han seguido este camino -especialmente Chile, Argentina, Perú y en
algún grado México- resistirán la crisis y resurgirán fuertemente en los próximos dos
años. El destino de Brasil, tan importante como es, depende finalmente del liderazgo del
recientemente reelegido presidente, Fernando Henrique Cardoso, no del FMI ni del
Departamento del Tesoro de Estados Unidos. Aunque ya ha dado grandes pasos con la
privatización de grandes compañías públicas, Brasil necesita con urgencia reformar
radicalmente sus pensiones y sus impuestos.
Con el tiempo, Latinoamérica debería ir incluso más lejos y unirse al área del dólar,
probablemente como parte de un gran proyecto de libre comercio. En el siglo XXI, es muy
posible que en todo el hemisferio prevalezcan, como jamás antes en su historia, las
libertades económicas, civiles y políticas.
Creo que hay algunas tendencias que llevarán a Asia, más temprano que tarde, a seguir el
camino de la libertad. Voy a subrayar sólo dos. Primero la revolución de las
comunicaciones, especialmente el fenómeno de la Internet, que está diseminando un
auténtico virus de la libertad por todo el mundo. Y segundo el notable éxito de Estado
Unidos, un modelo que en el mundo de la postguerra fría se imitará sin los prejuicios
ideológicos e históricos que oscurecieron su visión en el pasado. Una vez que esto
suceda, la enorme fuerza de las economías asiáticas --su capital humano, su elevada tasa
de ahorro, sus bajos impuestos, su espíritu emprendedor --florecerá y dará lugar a un
verdadero período de prosperidad.
Desde esta perspectiva, la crisis asiática puede resultar siendo equivalente a la caída
de un segundo Muro de Berlín: el de una supuesta tercera vía hacia el desarrollo y la
libertad. Y esto no sólo reportará enormes beneficios al resto de los países
-especialmente a los africanos que estan tentados a seguir el modelo asiático-, sino que
también estimulará la necesaria reestructuración del titubeante Estado de Bienestar
europeo. Tanto la unión monetaria en un marco de rigidez del mercado laboral, lo que
elevará aún más el desempleo, y la próxima crisis de las pensiones, pondrán en
evidencia las graves fallas del modelo europeo de tercera vía.
Los países que sigan la tercera vía se mantendrán siempre en el Tercer Mundo, y puede
incluso que produzca una anomalía histórica: la degradación de un país europeo a la
condición de tercermundista en unas décadas. La situación actual del mundo encierra dos
grandes lecciones. En primer lugar, la libertad es indivisible, y, en segundo lugar, la
libertad indivisible funciona.
Si esto se comprende bien y surgen líderes capaces de hacer lo correcto, y no lo que
dictan las consideraciones políticas a corto plazo, el daño inflingido por la crisis no
sólo no marcará la agonía del capitalismo democrático global, sino el nacimiento de
una era de libertad global. |